¿Dónde está el aire?

POR MARIEN ARISTY CAPITAN
El sol acababa de marcharse. Dejando tras de sí un insoportable sopor, había dicho adiós inexorablemente. Entonces decidí ir tras él. Quería refugiarme, buscando el aire que encontraría en mi ventilada casa, y decirle hasta luego a la ciudad.

No fue hasta que me situé frente a mi carro que entendí que mi huida tendría que postergarse algo más: con las gomas delanteras un poco bajas, junto a la necesidad de echar combustible, era evidente que debía hacer una parada.

Sobreponiéndome al drama de enfrentar un nuevo aumento de los precios de los carburantes, decidí ir a la estación más cercana. Repostar fue fácil; encontrar aire, a pesar de ir a varias bombas, imposible.

Media hora después de dar vueltas como una tonta deduje que debía posponer la búsqueda de aire. Con rabia, o más bien con indignación, comprendí que en este país no hay manera de que los negocios te den los servicios que ofrecen y están obligados a dar.

Cuando me senté en el sillón de la sala, minutos antes de comenzar a escribir estas líneas, reparé en que debía estar acostumbrada al engaño: en un país en el que nunca se cumple con la palabra empeñada y no hay derecho a reclamar, las decepciones están a la orden del día.

Para disgustos los que nos han dado los políticos, de todos y cada uno de los partidos, a lo largo de la historia. Vestidos de caballeros, empuñando siempre el arma de la demagogia, jamás se cansan de ofrecernos lo que no son capaces ni les interesa dar.

En cuanto al bienestar social que tanto nos prometen, resulta que es como el aire de las gasolineras: aunque ves los letreros en los que se anuncia, casi nunca puedes contar con él. Y es que ambos son sólo una ilusión, algo que deberían darte pero no te dan.

Pero el abuso de los políticos es tal que ni siquiera se conforman con no cumplir con sus responsabilidades. Además de hacernos la vida miserable y ahogarnos con su presencia, nos obligan a financiarles hasta sus guerras, perdón, sus elecciones internas.

Si destinar millones y millones al montaje de dos procesos eleccionarios es demasiado para un país pobre, resulta más cuesta arriba tener que mantener las pugnas internas de unos partidos políticos que no nos interesan.

Nunca he entendido por qué el pueblo tiene que mantener a los partidos. Tampoco por qué se nos involucra en las campañas internas y se bombardean nuestras vidas con sus propagandas y sus promesas. Más aún: ¿por qué hacen nuestras sus tensiones y hacen del país un cuadrilátero en crisis eterna? Independientemente de que es justo que los procesos internos se hagan realmente a lo interno de cada organización, para así no obligarnos a estar metidos en elecciones durante los casi cuatro años que dura cada período constitucional, creo que también debemos escuchar la propuesta que hizo monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio la semana pasada: reducir el tiempo de las campañas y controlar de dónde viene el dinero que se dedica a promover las candidaturas.

En una nación en la que faltan recursos para todo -excepto para saciar los caprichos de los funcionarios, claro está- sería un bálsamo que las campañas duren sólo dos o tres meses. De ser así, el dinero y esfuerzo que se dedican al ejercicio de la política podrían destinarse a obras de bien social.

Basta pensar en lo que podría hacerse con los RD$96 millones que están gastando Amable Aristy Castro y Luis Toral en su pre-candidatura presidencial del Partido Reformista Social Cristiano para ver cuánto podríamos avanzar con el dinero que se desperdicia en hacer política.

Por otro lado, imagínense lo productivo que sería si cada político decidiera pensar en cómo resolver un problema puntual del país y para ello usara la energía desmedida, el empeño, la ambición y la lucha que libran contra los rivales con tal de lograr el éxito.

Quienes queremos una República Dominicana mejor aspiramos a ver más trabajo y menos política. Así podremos por fin encontrar el aire que nos falta.