Dos flagelos universales

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ ROJAS
Desde el inicio del universo, el homo sapiens ha enfrentado grandes retos y ha salido airoso en la gran mayoría de ellos.  Sin embargo, ha tenido suma dificultad en regular dos: la guerra y los fenómenos naturales.

La guerra se pierde en los tiempos y pudiéramos afirmar, que la primera, dado el número exiguo de habitantes que había en ese entonces, fue la de Caín contra Abel, en la que este último resultó abatido por su hermano.  A partir de aquel infausto acontecimiento, la humanidad ha conocido todo tipo de guerras: económicas, religiosas, étnicas, guerrillas, fronterizas, de conquista y hasta deportivas.  La mayoría de los seres humanos que han perecido en estos enfrentamientos, han sido víctimas inocentes caídas por la declaración de guerra de algún desquiciado con ínfulas de grandeza que en algún momento de su vida se creyó un predestinado.

Hasta en los momentos actuales  -Siglo XXI- que se creía que en el mismo el hombre, que ya ha conquistado el espacio, había renunciado a la guerra para zanjar sus diferendos, se encuentra inmerso en varios escenarios, a saber:  reales, Irak y Afganistán e incubiertos: Sudán, Chenchenia, Congo, Tíbet, Palestina y Filipinas.  Asimismo, diferendos abismales mantienen en vilo de una conflagración a: Corea del Norte; India y Pakistán; Zimbawe; Eritrea; Chipre; Papua Nueva Guinea; Costa de Marfil, Guinea Española, la región sub.-zahariana; Burma y la China Continental con Taiwán.  En fin, podemos concluir, que la mecha del barril de pólvora está encendida.

Hemos invertido enormes sumas de dinero en la construcción de armas letales como la bomba atómica.  En la conquista y exploración del espacio también se han dispensado cantidades multimillonarias, pero, hemos sido mezquinos en destinar recursos para contrarrestar los fenómenos naturales.  La historia está llena de tragedias de este tipo.  Volcanes que hacen erupción súbitamente sin que se haya advertido su previa ebullición.  Terremotos que destruyeron ciudades enteras.  Tifones en Asia y huracanes, tornados y ciclones en América.  Aludes en Europa y corrientes submarinas como El Niño y La Niña.  A todas estas desgracias naturales debemos agregarle, los maremotos, deslizamientos de tierra, sequía e inundaciones.

De todos estos males que periódicamente afectan a muchos países, queremos priorizar uno que es el que más nos golpea por tener cada año una prolongada temporada ciclónica, en el cual los fenómenos atmosféricos (vaguadas, depresiones, tormentas, ciclones, huracanes) nos causan grandes pérdidas, tanto humanas como económicas.  Cada estación ciclónica, estamos “rogando a todos los santos” para que uno de estos fenómenos no nos haga una inesperada visita.  Permanecemos como comúnmente se dice “al salto de la pulga”.

Las grandes potencias que dedican tantos billones de dólares a la confección de armas de destrucción masiva, no podrían sustraer unos pocos y dedicarlos a la búsqueda de un “antídoto” que desbarate desde su formación, los ciclones y huracanes que se originan en ¦frica, así como los tifones en Asia.  Debe existir una manera que permita desintegrar una masa de aire cuando se comienza a erigir en un núcleo compacto para desplazarse sobre los océanos y embestir en tierra firme todo lo que encuentra a su mortífero paso.

Aunque parezca inverosímil, este “invento preventivo” se logrará realizar antes que desaparezcan las guerras.  La nación más poderosa de la tierra fue embestida el mes pasado cuatro veces por vientos huracanados de categoría entre 3 y 5.  Esta indeseada seguidilla ha impactado negativamente en el estado de Florida, en donde millones de ciudadanos norteamericanos habían cifrado sus esperanzas de retirarse después de llegados a la edad para hacerlo.  El único problema en buscar solución a este tipo de problema es; que tanto en las guerras como en los huracanes hay intereses poderosos que obtienen pingues beneficios.  ¡Cosas veredes Sancho!