Dos lecciones

I
El peregrinaje del Hombre de la Cruz, el que vino a pie desde la frontera a reclamar obras para su pueblo, Dajabón, resurge del anonimato a que pasó después. Lo que él hizo entonces tuvo sentido, adquirió brillo rápidamente y mereció respeto. Un solo caminante y un solo madero bastaron para que gran parte del pais hiciera suya su causa. En paz, sin gritos ni pedradas.

Y logró que el gobierno reaccionara en la dirección de satisfacer su demanda para la comunidad. No importa si después las autoridades fallaran o estén demoradas. Nuestra sociedad padece fragilidades institucionales  –sobre todo en lo que es el oficialismo- y eso no va a cambiar de la noche a la mañana.

La lección del peregrino cobra  actualidad porque acaban de hacerse esfuerzos infructuosos, por parte de gente familiarizada  con las técnicas de paralizar  zonas urbanas, a veces obstaculizando el discurrir masivo de los citadinos. Se formularon llamados insistentes y convocatorias estridentes, pero el país siguió su marcha y ahora los promotores de la protesta han quedado con una notable pérdida de crédito ante la nación.

Ya quisieran ellos disponer siquiera de un poco del prestigio del Peregrino.

II

Se puso en evidencia, como un sarcasmo más para el pueblo, que la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) haya expedido la insólita credencial de “Miembro Honorario” del organismo, con tan débiles y absurdos criterios, que el enérgico director actual, general Rafael Radhamés Ramírez Ferreira, dispuso de un plumazo que todos esos documentos de identidad queden anulados,  nada más y nada menos que  en número de 3,745. Personajes a los que sin control orgánico se les permitía  andar por ahí mostrando una investidura que en nuestra cultura puede servir mucho para abrir puertas, eludir controles  y cometer vagabunderías sin recibir su merecido.

De hecho, meses atrás salió a la luz el caso de alguien que compró en Nueva York, por miles de dólares, una de esas credenciales para la infamia. Si centenares de los propios agentes de verdad de la DNCD han tenido que ser sacados a la carrera de tan crucial organismo por su presente administración, por diversas sospechas y negligencias, habría que imaginarse lo que podría esperar el país de individuos que se agenciaban “desinteresadamente” esa patente de corso, traficada seguramente para jugoso lucro de algún infiltrado expedidor. La dura muñeca de Ramírez Ferreira no debería coger vacaciones nunca y seguir aplicando sabiduría a partir de las malas experiencias.

Impuestos

El gobierno insiste en negar, a través de sus distintos voceros, que se piense cargar sobre los hombros de los sectores de menores ingresos el peso gravoso de la reforma fiscal en la que trabajan sus técnicos.

Ha ido incluso más lejos, al asegurar que esa reforma, pasados los traumáticos efectos que supone el inicio de su aplicación, al final de cuentas resultará beneficiosa para el país, y por lo tanto también para los más pobres y necesitados.

Ese optimismo oficial contrasta con la oposición generalizada que ha provocado la llamada rectificación fiscal, incluido el cerrado frente que han constituido los empresarios, a la que se han sumado, como era de esperarse, los partidos políticos.

Nadie quiere más impuestos aunque de ello dependan el futuro y el bienestar del país, y la razón es tan sencilla como evidente: las anteriores reformas solo han contribuido a empeorar la calidad de vida de los más pobres y reducir los horizontes de la clase media, pues los ricos -como siempre- saben cómo defenderse.

A menos que desde el gobierno, en esta oportunidad, cambien la receta.