“Dos pianos y una sola emoción”

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Una sola emoción, pero plural, intensa, se apoderó de nosotros desde el principio hasta el final durante la maravillosa noche de la VI Gala de ganadores del Concurso Van Cliburn en el Teatro Nacional.

Al igual que las anteriores, presentadas por la Fundación Sinfonía y la Fundación E. León Jimenes, las galas constituyen un hito en la historia musical del país, por la excelencia de los jóvenes intérpretes.

Un público expectante llenó a toda capacidad la sala Carlos Piantini. La Gala inicia con la maravillosa obertura de la ópera Tannhäuser de Richard Wagner.

La magia de la leyenda o la historia, los romances medievales, motivan esta obra; la orquesta inicia con el Canto de los Peregrinos, y luego del último eco del canto se escuchan los sonidos voluptuosos del Venusberg, acompañado por el tenso crepitar de los violines; son dos mundos antagónicos, carnal y espiritual, dos ideas musicales.

El maestro José Antonio Molina, director de esta gala, supo extraer de nuestra Sinfónica Nacional un maravilloso sonido, Cada movimiento suyo tiene una respuesta contundente, y el público se enerva ante tanta belleza musical.

El ganador de Cristal, el norteamericano Sean Chen, hace su entrada para interpretar el Concierto No. 3 en re menor, Op. 30 de Sergei Rachmaninov, considerado uno de los conciertos de mayor exigencia musical y técnica del repertorio pianístico. El primer movimiento, “Allegro”, es tierno, luego alcanza una cadenza con varios clímax, este tiempo demanda una gran musicalidad. Los temas rusos, aparecen junto a ritmos eslavos.

El solo del oboe introduce el segundo movimiento “Adagio”, con variaciones., se exponen dos temas. El piano inicia con arpegios rápidos, vigorosos, con variaciones de los temas escuchados dando unidad al concierto.

En el segundo movimiento, “Intermezzo”, una melodía de gran belleza ejecutada por los vientos y cuerdas es recogida por el piano. El último movimiento “Finale Alla breve” presenta un segundo tema con una melodía apasionada y concluye con cuatro notas rítmicas que, según expertos es “la firma del compositor”.

Este demandante concierto exige musicalidad y técnica. El joven Sean Chen se decanta en virtuosismo, la musicalidad es menor, pero dada su juventud es mucho lo que aun tiene que ofrecer.

Lo que se espera de un ganador de medalla de oro, como lo es el pianista ucraniano Vadym Kholodenko, es mucho y más, y esa emoción que nos atrapó desde el inicio, se enerva tras las primeras notas de la cadencia del piano del concierto No. 2 en sol menor, Op. 22 de Camille Saint Saëns.

En el “Andante sostenuto”, luego de la introducción, la orquesta vibra y se inicia el diálogo con el piano hasta llegar a un clímax, los acordes en fortísimo cierran el movimiento. Vadym presenta su estirpe de intérprete de primer orden. El “Allegro scherzando”, es una pieza delicada, con dos temas alegres e ingeniosos; las escalas octavadas del piano conducen a un segundo tema, luego se alternan para un cierre elegante.

El “Presto” es un fragmento virtuoso en ritmo de tarantela, verdadero reto para el pianista, pero no es un mero virtuosismo técnico, hay además pasión, sensibilidad y hondura interpretativa, y aparece el duende que definitivamente acompaña a este intérprete excepcional.

La Sinfónica Nacional responde, se coloca a la altura de los grandes solistas, y José Antonio Molina se crece. Su temperamento y carácter, suma de una personalidad enérgica y carismática, conduce con maestría. La emoción que nos embargo sólo terminó con la última nota salida de las manos de Vadym Kholodenko.