Dos relatos de esfuerzo

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Sobrepasaba los sesenta años aquel alemán de blanca cabellera despeinada y rostro garabateado de arrugas tan hondas que parecían cicatrices. Pero era fornido. Los brazos, todavía cubiertos por un tenaz vello rubio parecían ajenos a él, por lo musculosos y por aquella pilosidad inexplicablemente viva. No estábamos muy lejos de Oberdollendorf, en las afueras de Bonn, cuando el automóvil en que viajábamos debió ser detenido porque una pesada barrera de hierro con rayas rojas diagonales y la inevitable advertencia ¡Achtung!, (cuidado, peligro), nos cerraba el paso ante la proximidad de un tren.

Aquel personaje, que entonces me parecía muy viejo (hoy tengo más años de los que él tenía entonces) era guardabarrera. Me indignó que tuviese que subir y bajar la recia estructura manualmente, mediante el uso de un anticuado mecanismo cuyos engranajes funcionaban impulsados por una manivela. Me acerqué a él, expresándole lo mejor que pude, mi irritación por el abuso de sus ricos empleadores, que no habían instalado un dispositivo eléctrico para mover -especialmente subir- aquella enorme pieza de hierro varias veces al día. Su respuesta fue sorprendente.

-Soy yo quien se niega a que instalen un motor. Mi padre fue guardabarrera y mi abuelo también, aquí mismo. Ellos usaban este equipo y vivieron largamente y en salud, sin esfuerzo la vida no tiene sentido, además, si me paso el día sentado, apretando un botón cada vez que viene un tren, estoy traicionando los esfuerzos de mis antepasados. Resulto inferior a ellos. Mi fidelidad está en este mecanismo, también mi salud y mi honor.

Es una anécdota real, y si recuerdo tan vívidamente sus palabras, se debe al impacto, a la huella que dejaron en mí. ¿Representa progreso el hecho de que el humano utilice cada vez menos sus músculos, sus sistemas? ¿No fue concebido para el esfuerzo físico? ¿El sedentarismo no está deteriorando la humanidad?

El otro relato, que tiene sus contactos en éste, me lo contaba mi padre pretendiendo reírse del asunto, pero haciéndome sentir la presencia de una profunda filosofía y una actitud inteligente hacia el vivir.

Se trata de un muchacho, oriundo de un pequeño y apartado pueblecillo enterrado en los campos de España. Todos los días debía caminar durante horas cargando dos pesadas vasijas con productos del huerto, para venderlos en el pueblo más cercano. Una mañana de verano furioso, le pasa por el lado una carreta tirada por un vigoroso potrillo. El carretero, compadecido del muchacho, se detiene y le dice que se suba detrás. Reinicia la marcha. Pasados unos minutos el muchacho le vocea: -Oiga ¿cuánto me va a pagá?

-¿Cómo, malvao malagradecío? ¿Te estoy llevando por pena y encima quieres que te pague?

-Pos si no me paga, me apeo, porque pierdo la cotumbre y depué me voa encontrá largo el camino pa caminá.

Y se apeó, cargó con su vasijas y arrancó a caminar mientras la carreta se perdía de vista tras la polvareda canicular.