Dos siglos de patrimonialismo y clientelismo

DIÓGENES CÉSPEDES
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La composición clasista mayoritaria de la República Dominicana desde su fundación en 1844 hasta hoy ha sido la pequeña burguesía media y alta.

Debido a su condición de propietaria de exiguos medios de producción, esa pequeña burguesía media ha controlado el poder político y económico mediante el control de su capa mayoritaria, la baja pequeña burguesía pobre y muy pobre, para usar la terminología boschista que más se aviene a nuestra especificidad de sociedad  “subdesarrollada”.

El reino de la pequeña burguesía y sus capas duró todo el siglo XIX, el XX y sigue campante en el siglo XXI.

Esta composición social es privativa de los tres grandes partidos políticos que dominan la escena social dominicana, incluyendo también a todos los pequeños partidos que en los procesos electorales se adhieren, como lapa, a los tres grandes.

El patrimonialismo, el clientelismo y la corrupción arropan a grandes y pequeños. Si la composición clasista es la misma para todos los partidos, ¿por qué aparece la lucha entre esos pequeños burgueses medios y altos y sus capas baja, pobre y muy pobre como si fuera antagónica, con una violencia física y verbal que a veces culmina en asesinatos?

La respuesta es que todos esos pequeños burgueses, caracterizados por su total ausencia de conciencia de clase y de conciencia política, compiten por el control del único lugar que posibilita su ascenso social mediante la acumulación de riquezas o a través de los negocios turbios con los distintos gobiernos que se turnan en el poder: es decir, lo que en la jerga de esos políticos se denomina el Estado, pero que en la realidad es un Estado con un alto componente pre-capitalista, pues la falta de cultura política y de conciencia nacional ha impedido la creación de un Estado nacional  por parte de una burguesía inexistente.

Para Américo Lugo y Rafael Augusto Sánchez, así como para una gran porción de intelectuales dominicanos, esta ha sido la realidad, aunque para los políticos, su gran negocio es aceptar la existencia de un Estado y una nación burgueses. A Juan Bosch, fundador del PRD y del PLD no le costó, como político, otro remedio que aceptar esa existencia, a riesgo de deshacerse como político y quedarse únicamente en el papel de sujeto teórico de la especificidad de nuestra sociedad.

Bosch casi estuvo a punto de negar esa existencia e hizo malabares para justificarla. Dijo en “Clases sociales en la República Dominicana” y lo ratifica en “Capitalismo tardío…” que el capitalismo empezó con Trujillo bien entrado el 1940. Le concedo a Bosch que hay Estado y nación sin capitalismo. Israel fue una nación desperdigada por el mundo, y no tuvo Estado hasta que las potencias occidentales lo autorizaron en 1948. No ha habido en nuestro país Estado nacional. Para que esto sucediera, la burguesía dominicana (inexistente antes de 1940) debió haber eliminado a la pequeña burguesía, subordinársela y reconocer en la clase obrera su contraparte. Hay hoy una fracción burguesa más grande que cuando Trujillo, pero ésta se mantiene, debido a su inconsciencia política y de clase,  al margen. No ha sabido, querido ni podido tomar el control del “Estado” y gobernar por sí y para sí.