Droga, atraco y muertes

JOSÉ R. MARTÍNEZ BURGOS
Según las crónicas que aparecen en la prensa diaria y las informaciones transmitidas como a manera de chismes, que constituyen las verdaderas estadísticas del acontecer criminal del país, parecería que todavía la ciudad de Santo Domingo no es una ciudad peligrosa, ni lo es tampoco el resto del país, desde luego, los dominicanos, ya no nos sentimos tan seguros como hace algunas años, ni muchos menos como los islandeses que se precian de ser uno de los países más seguro de la tierra, de tal manera que no experimentan ningún temor ni por sus bolsillos ni por sus propiedades y mucho menos por sus vidas, por consiguiente estos islandeses no viven en continuo acecho ni necesitan ser cautelosos, como por ejemplo las personas que viven en Río de Janeiro, Miami, New York y ahora, Santo Domingo, que no es posible salir de la casa sin tomar las precauciones debidas aún cuando se cuente con un guardián o un perro feroz debidamente entrenado para atacar.-

El dominicano, fiel heredero del español, es como éste, fatalista de nacimiento y piensa que si lo atracan es mala suerte y si no, eso que llaman delincuencia, piensa, si es que puede pensar, le resulta extraño. Quizás por esa formación o razón, cuando alcanza a ver algún sujeto medio sospechoso merodiando por su casa o en una avenida cualquiera o en el malecón o próximo a los centros comerciales, manipulando un automóvil, no actúa rápidamente en busca del teléfono para avisar a la policía, no hace lo que haría un austriaco, un alemán o un suizo, que se alborotan hasta cuando su vecino más cercano se pasa con el sonido de la TV. Tampoco a los dominicanos nos alarma cuando por el paseo de los Indios o en el estacionamiento de una discoteca o un hotel para turistas, alcanzamos ver uno o más jovenzuelos tratando de introducirse tranquilamente una jeringuilla con una dosis de droga, que podría ser causante de su muerte. Es que al verles en su actitud tan apacible y descuidada, nadie es capaz de ocurrirsele esté semi-inconsciente e indiferente a los transeúntes y que cuando comience a sentir el síndrome de abstinencia, puede atracar a cualquier persona.-

Debemos hacer conciencia que esos chicos constituyen la categoría de ladrones peligrosos y por demás numerosos, que deambulan por nuestras calles; éstos no roban camisas o pantalones y andan bien armados y a veces con buenos y rápidos medios de transporte. Ya quedó atrás la época de las viejas novelas que agotaban los temas de los golfillos de bajos fondos que eran sometidos en los orfanatos o duros aprendizajes con el propósito de hacer de ellos hombres de trabajo y respetuosos ciudadanos, de los cuales muy pocos se convertían en criminales después de salir de su encerramiento.

El saqueador de nuestra época no se fatiga mucho y no le importa la edad de sus víctimas. Enrolado en el ejército de la droga, cuando ésta sube a su cerebro, y éste último se inflama, es incapaz de pensar en otra cosa que no sea la próxima inyección que le calme la angustia y la ansiedad. Suerte de las personas que pasen por su lado y sólo tengan que entregar su cartera sin correr un riesgo mayor, desafortunados los que forcejean con estos tipejos, pues la navaja, el puñal o la pistola irá directo a su cuello o pecho mientras en una de las manos del atracador sostiene todavía una jeringuilla con una aguja con los restos de sangre de su última penetración en su brazo o en el de otro compañero, que tal vez reposa tendido sobre el suelo. Quizás, temblado de las urgencias que reclaman su organismo y de los escalofríos de su impaciencia, consecuencia de la dosis anterior, este atracador puede llegar hasta las últimas consecuencias y no piensa, no duda y clava su arma mortífera en un interlocutor, porque teme menos a la cárcel que a su enfermedad; porque además, para él la alucinación tiene más valor que una vida ajena.