Dualidad

VLADIMIR VELASQUEZ MATOS
El mundo, este espacio-tiempo en el que ustedes, amables lectores, y quien emborrona estas cuartillas, nos desenvolvemos, es un lugar de carácter dual, es decir, en donde fuerzas opuestas coexisten manteniendo un precario equilibrio para que haya materia. Por ello la acepción griega de orden o armonía es cosmos y su opuesto es el caos.

Y lo que se aplica a nivel de lo macro, del universo sideral y las galaxias, es igualmente valedero a lo minúsculo, al microcosmos (no así al mundo de las partículas subatómicas que estudia la mecánica cuántica, pero eso es harina de otro costal), al universo de las células y su complejo accionar que mantiene la vida, en donde cualquier desorden de esas delicadas funciones desembocan en la enfermedad.

Así mismo ocurre con el hombre frente a la sociedad, que en similitud con el cosmos o en la fisiología citológica, existen, creadas por él, una serie de leyes por la cuales regirse y vivir en armonía con sus demás congéneres y evitar de esta manera los grandes disturbios sociales.

Ciertamente, como han establecido algunas filosofías antiguas tales como el taoísmo, y de alguna manera el budismo, el hombre se debate en una dualidad de opuestos, en donde debe prevalecer como herramienta de conducta para un vivir pleno y armonioso del llamado “recto pensar” (el tao), actitud ésta que nos obliga a elegir siempre lo correcto, lo ético, el bien para sí mismo y la humanidad.

Pero para ello es importante que lo que se haga sea cónsono con lo que predica existiendo plena coherencia entre pensamiento, palabra y acción, para no provocar desconciertos y no pocas frustraciones.

Ya hemos padecido como pueblo momentos verdaderamente aciagos, terribles por vandálicos, casos demoníacos diríamos, en donde se nos decía una cosa y se hacía una absolutamente diferente en detrimento de toda nuestra ciudadanía.

Y es por ello que deseamos, por el buen funcionamiento de la instituciones que aún quedan en pie y por todos quienes amamos de verdad esta tierra, que la palabra empeñada con tanto entusiasmo y esperanza  hace apenas un par de meses, sea honrada con hechos concretos, de esos que se puedan ver bien claros sin las muletas que representan los espejuelos, telescopios, microscopios y demás parafernalia óptica o conceptual, pues como dice el viejo proverbio latino: “L mujer del césar no sólo debe ser virtuosa, sino que también debe aparentarlo”.

No deseamos que figuras duales, como la representación mitológica del Dios Jano, ese que poseía dos caras, nos deje otra vez en el más profundo y oscuro de los desconciertos.