Duarte el apóstol, Haití y la verdadera Independencia

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Es necesario,  a propósito de la independencia de cada país, distinguir en ésta los conceptos de “padre de la patria” “libertador” héroe nacional”, y “apóstol”, a fin de evitar confusiones y mezquindades hacia quienes contribuyeron de forma protagónica en esos  hechos gloriosos.

Por eso en México se considera a Hidalgo en 1810 y luego a Morelos como padres de la patria, porque iniciaron esa gesta; se calla virtualmente a Iturbide, ex Virrey procericida de Morelos y libertador efectivo: pero se considera su héroe nacional al  Restaurador Benito Juárez.  En Venezuela  Miranda fue el apóstol y padre de la patria, que la inició, mientras Bolívar fue el libertador y héroe nacional; en tanto José A. Páez fue el que la separó  de la Gran Colombia. En Cuba el padre de la patria es Céspedes, quien la proclamó primero y  dirigió la primera guerra de independencia; José Martí es el  apóstol  y héroe nacional mientras nuestro Máximo Gómez y Antonio Maceo hijo de dominicano los libertadores por excelencia. En República Dominicana el asunto ha sido por demás complejo, no solo porque la formación  de una conciencia nacional se comenzó a manifestar desde 1801-1802 con Juan Barón; pero no fue sino hasta 1874 cuando el gobierno dejó de buscar oficialmente el protectorado  o la anexión, salvo breves períodos luminosos.

En ese proceso Núñez de Cáceres puede considerarse padre de la patria, aunque fue solo un golpe de Estado organizado por los criollos en la capital; también Duarte, Sánchez, Mella, Bobadilla,  José Joaquín Puello y Luperón tienen  títulos indiscutibles para reconocerles  condición de padres de la patria, por sus papeles cruciales en la fundación de la República; el caudillo Pedro Santana fue el conductor militar principal de la liberación del país en nuestra guerra de separación; aunque esa condición se degradó a la de simple agente heroico, debido a su entrega del país  generadora de la anexión a España y su procerecida   de Puello, Duvergé, Sánchez y otros.

Lo que nadie puede negarle a Juan Pablo Duarte es su condición del gran apóstol de la independencia nacional; porque su prédica y acción independiente nunca estuvieron limitadas ni condicionadas por prejuicios o intereses de  pro-haitianos,  ni    anti-haitianos, anexionistas, proteccionistas de viejo o nuevo  cuño, no solo durante todo ese largo período dramático, sino aun después.

Por sus ideales patrios y democráticos entregó sin vacilación su seguridad, su futuro, su vida personal, su salud y su vida.  Nadie lo ha igualado aun después de su muerte, aunque hubo y sigue habiendo vende patrias y colaboracionistas de todo género.  Nadie se ha atrevido después de 1874  a enarbolar públicamente su conducta desnacionalizante.

Desde 1875 la patria finalmente lo reconoció y lo  llamó a su seno para  reconocerlo como tal, aunque lamentablemente ya muy tarde, pues murió en Venezuela en 1876.