Eclosión de las exportaciones

PEDRO GIL ITURBIDES
En estos días llegó del Perú el doctor Príamo Rodríguez Castillo, con un paquetito de habas saladas, procesadas por una empresa limeña. Viajó poco antes a una sesión del consejo directivo de la asociación interamericana de facultades y escuelas de ingenierías, que preside. Entre los recuerdos que nos trajo a sus funcionarios de la Universidad Tecnológica de Santiago, me entregó el sobrecito plástico, sellado al calor.

-Mira, lo que te gusta.

Me ha escuchado hablar de mis aficiones alimenticias, y que tiendo a eludir frituras y asados grasosos como éste. Aunque los consumo ocasionalmente. De modo que presumí su objetivo. Me ha escuchado hablar sobre la necesidad de despertar la imaginación para expandir las fronteras de nuestro comercio exterior. Y le dije que escribiría estas lineas. Porque a fin de cuentas, ¿qué son las habas, sino meras leguminosas?

Poco inclinados a su consumo en el país, este grano es usado para guisar, como complemento proteínico de otros alimentos. También lo preparamos, principalmente en el sur central, en potajes como los sancochos. Pero es una papilonácea de ingesta ocasional, debido a que no todo el mundo distingue las dulces de las amargas, y a que no pocas veces estas últimas han dañado la fiesta a muchos comensales. Porque no todo el mundo sabe manejar, por ignorar cómo cocerlas, a las últimas.

Les he contado que en nuestra niñez fuimos testigos de las visitas de misiones de chinos nacionalistas que visitaban el comercio de nuestro padre para entregar variados artículos. También les he dicho que no fue al único al que dejaban mercancía a consignación. Venían donde Isa K. Jaar, donde Miguelito Yeara, y al negocio de cualquiera que en algún momento hubiese comprado mazos de cohetes, mitos o confetis fabricados por ellos.

En años posteriores, los japoneses harían lo mismo con otros comerciantes radicados en el país. Don Antonio Lama nos dijo a nuestro hermano Antonio y a mí, que suplidores nipones le colocaron vehículos a consignación. Les compraba para su quincallería de Barahona, interruptores y otras menudencias propias de los sistemas eléctricos. De esos esfuerzos habría de surgir una empresa importadora que, fallecido don Antonio, manejan sus hijos y nietos. Pero estos otros pujantes orientales traían vehículos en tanto aquellos se conformaban con juguetes, botones y utensilios plásticos.

Por aquellos tiempos, China Nacionalista y Japón confrontaban las conflictivas situaciones resultantes de la guerra. El Japón vencido, sin embargo, no se arredraba, y con el amor al trabajo, la disciplina social e individual, la perseverancia y los objetivos nacionales y populares trazados, retornaban al progreso. Los chinos nacionalistas, desplazados por Mao Tse Tung, tenían que acogerse al ostracismo en el archipiélago de Formosa.

Ambos contaron con asistencia técnica y económica de Estados Unidos de Norteamérica. Japón debido a la extraordinaria inteligencia de un estadista y militar como Douglas McCarthur. Los chinos por necesidad de los estadounidenses, enfrentados ya en la naciente guerra fría que mantuvo al mundo en tensión hasta 1991. Mas no nos equivoquemos pensando que esa ayuda no ha llegado a nosotros. También esa asistencia llegó a aeropuertos y muelles de otras naciones de menor desarrollo relativo, designada Alianza para el Progreso, Agencia Internacional para el Desarrollo o bajo otras consignas.

Lo que nos faltó fue sumarle estas otras iniciativas para descubrir en nosotros lo que exudan estos hijos del Asia. Por eso, al contemplar este sobrecito de habas tostadas, pensé en los chinos que llevaron a las puertas del negocio de mi padre, los primeros botones y juguetes plásticos que contemplé en mi existencia. Por aquellos días solamente se conocían el nylon, el hule o el caucho. Este otro producto, derivado de polímeros del petróleo, revolucionó usos y costumbres humanos.

Los chinos, los continentales y los de Formosa o Taiwán, por cierto, consumen otras leguminosas como nosotros. Y entre ellas, habichuelas rojas. Nosotros lo hacemos, guisándolas para echarlas sobre arroz blanco, en moros junto a ése cereal, o en sopones que asumen diversos nombres según la región en que se preparan. Los chinos las convierten en dulces que consumimos como exquisiteces, sin saber que estamos engullendo simples habichuelas coloradas.

Aparte de la disciplina social e individual, la perseverancia, el indeclinable interés por el trabajo productivo, y un definido objetivo al cuál dirigirnos, nos ha faltado lo que a ellos les sobra: imaginación. Una imaginación capaz de inducirlos a producir desde chucherías insignificantes como un abanico de papel colorido y madera, hasta equipos de tecnología de punta. Y nos ha faltado iniciativa para que aquello que la imaginación coloca en el mercado, se torne artículo de exportación.

Por eso, cuando contemplé la fundita que me entregó el doctor Rodríguez junto a unos recuerdos de orfebrería de aborígenes peruanos, me dije, ¡he aquí un ejemplo de todo el camino que nos falta por recorrer!