ECOLOGÍA

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POR DOMINGO ABREU COLLADO
¿Ríen los animales?

Panda, mi perro, sonríe. Lo aprendió “desde niño”. O mejor dicho, lo desarrolló “desde niño” con el trato humano amable, tolerante, juguetón, cordial. Un trato humano contrario hubiera desarrollado en él la agresividad, por lo que sus gestos más comunes hubieran sido agrios, recelosos y agresivos.

Mucha gente no lo cree. Es más, hasta ahora, los seres humanos se creían los únicos capaces de reír y sonreír. Nada nuevo eso de creerse los únicos en todo. Sin embargo, probablemente los seres humanos sean los únicos seres vivos que se creen ser los únicos en cualquier cosa.

De los animales, los seres humanos esperan por lo regular agresividad, ataques, mordidas, picotazos y arañazos. Por eso prefieren tomarles la delantera matándoles antes. Los animales lo saben, por eso huyen ante la presencia del ser egocéntrico por excelencia, del que si se hacen amigos solo recibirán un trato esclavo y chantajista. Pregunten a los animales de circos y acuarios.

Aunque los animales -igual que los humanos- poseen en la cabeza y rostro músculos para presentar aspecto fiero o sumiso, dependiendo de la necesidad o las circunstancias, los seres humanos les habían negado la posibilidad de poseer también músculos para sonreír. Incluso, cuando algún animal era sorprendido fotográfica o fílmicamente, sonriendo, el hecho era considerado como una casualidad. Y en verdad, las primeras veces pudieron haber sido casualidades, puesto que frente a los seres humanos sonreír por parte de los animales es una invitación a la captura, al sojuzgamiento, la utilización y la muerte.

La risa y la sonrisa resultan de conjunciones espirituales, nerviosas y musculares que expresan satisfacción, placer y contento, aunque no por ello esos placer, satisfacción y contento han sido motivados por situaciones agradables para todos.

Desde la rata, cada vez más se encuentran identidades entre los seres humanos y muchos animales, no solamente con el chimpancé. Ultimamente, los hombres humanos se sienten más identificados con el bonobo, por ejemplo, deseando ardientemente “evolucionar” hacia ese notable primate, y no por su risa, precisamente.

El egocentrismo humano nunca había cedido campo a la posibilidad de que los animales también poseyeran percepción espiritual, sistema nervioso y masa muscular capaz de asociarse para producir risas y sonrisas.

El hecho es que los animales sí sonríen, y hasta ríen. Y si faltaban datos científicos la revista Science del 1 de abril del 2005 se lució al acoger en sus páginas un trabajo del neurólogo -y probablemente etólogo- profesor Jaak Panksepp, que viene a darnos la razón a todos aquellos que habíamos estado sonriéndoles a nuestros perros y gatos y recibiendo de ellos también sonrisas sin que los demás lo percibieran.

La teoría de Panksepp

La revista Science comienza a referirse a la versión de Jaak Panksepp indicando que “muchos animales podrían tener sus propias formas de reírse”, conduciendo la atención hacia Panksepp y su opinión de que “algunas especies emiten sonidos que se asemejan a la risa humana”.

Según el autor del artículo de Science, la forma de risa de los animales puede ser observada en “los jadeos de perros y chimpancés cuando juegan o los chirridos emitidos por las ratas. Esto sugiere que la capacidad de reírse puede ser una ancestral respuesta emocional que precede a la evolución de la raza humana”.

El trabajo del neurólogo remonta su visión a épocas tan remotas como los tiempos en que los seres humanos todavían no ejercían su “derecho a la palabra”, no por represión política, sino porque todavía no habían desarrollado esa capacidad de articular sonidos para identificar cosas y acciones.

Por ello “la investigación sugiere que la capacidad humana de la risa sería anterior a la del habla”, lo que significa que la gente comenzó a reír antes de aprender a hablar.

“Panksepp -dice la revista Science- profesor de la Bowling Green State University de Ohio, en Estados Unidos, explica en el artículo que los circuitos neurológicos para la risa existen en partes “antiguas” de nuestro cerebro, cuya estructura general es compartida con muchos animales”.

 Los monos ¿sonríen más?

Debido a que los trabajos científicos relacionados con la identidad entre hombres y animales se circunscribieron por mucho tiempo a los monos, éstos eran los únicos animales considerados como “asociados” a una especie de risa y sonrisa que no era vista más que como un remedo de la sonrisa humana, es decir, una monería.

Según Panksepp, “los jóvenes chimpancés emiten fuertes jadeos y chillidos mientras juegan a perseguirse unos a otros. También durante sus juegos, las ratas producen sonidos que algunos científicos asocian con sensaciones emotivas de carácter positivo.

“Cuando se les hace cosquillas a las ratas en forma de juego, ellas se muestran socialmente ligadas a los humanos y parecen rápidamente condicionadas a buscar esas cosquillas, explica el neurólogo estadounidense en Science”.

Los chillidos, tan reprimidos por los adultos y prohibidos a los niños, son formas de risa humana que también se manifiestan en los animales. Estos chillidos “podrían ser provocados por los circuitos nerviosos del cerebro que liberan el neurotransmisor dopamina. Estos circuitos de dopamina también se “encienden” en el cerebro humano durante situaciones divertidas”.

“Este conocimiento nos puede ayudar a revelar como el bromear emergió en las regiones expansivas superiores de nuestro cerebro”, advierte el científico.

“Aunque nadie ha investigado la posibilidad de que exista el concepto de humor en las ratas, de existir estaría probablemente fuertemente ligado con la bufonada”, especula Panksepp.

No se limite, sonríale a sus animales

Los animales no solamente sonríen espontáneamente, sino que probablemente se sientan estimulados a sonreír cuando se les sonríe. Incluso, los perros, cuando se quedan pendientes de alguna actitud nuestra, y ven que les damos una sonrisa, deponen la actitud expectante y se les ve en los ojos deshacerse de amor buscando nuestro contacto.

Muchos otros animales también esperan por esa sonrisa, aunque algunos no reaccionen de la misma manera. Los gatos, por ejemplo, al creerse divinos, no se dejan “comprar” fácilmente por una sonrisa, pero de seguro sienten la influencia.

El contacto directo con los animales, masajeándoles fuertemente la espalda -o el lomo si lo prefiere así decir-, les provoca un cosquilleo en todo el cuerpo similar al que sentimos los seres humanos cuando nos dan masajes en la espalda y los hombros. Ese cosquilleo bien pueden transformarlo en una sonrisa, solamente obsérvelo y la descubrirá.

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