Francia y Macron pagarán el precio de la omisión

Emmanuel Macron
Entre antagonismos viscerales y desgarramientos internos, Francia avanza por sus calles memorables y tumultuosas, donde corre la voz del hartazgo y se respira la inquietud de un destino incierto.
Los hechos hablan con el peso de la evidencia: bajo la administración de Emmanuel Macron, cinco primeros ministros se han visto obligados a renunciar —Élisabeth Borne, Gabriel Attal, Michel Barnier, François Bayrou y Sébastien Lecornu—, tres de ellos solo en lo que va de 2025. Más desconcertante aún, Lecornu dimitió tras apenas unas semanas en el cargo.
Todo esto ocurre mientras la economía clama por unidad para revertir su derrotero: el déficit fiscal supera, en promedio, el 5 % del PIB desde 2020, y la deuda pública rebasa el 100 %, situándose hoy en torno al 114 %. Las proyecciones del FMI trazan en el horizonte un cielo encapotado: el déficit no bajará del 4 % del PIB antes de 2029, y la deuda continuará su lenta pero inexorable ascensión.
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La dificultad de ampliar los ingresos públicos complica aún más la ecuación: Francia soporta una de las cargas fiscales más altas de Europa —casi el 45 % del PIB—, lo que obliga a un severo ajuste del gasto público.
Pero el verdadero obstáculo no está solo en las cifras, sino en la actitud de las fuerzas políticas, que parecen haberse resignado a convivir con el desequilibrio. Para ellas, los problemas no son urgencias; son simplemente paisajes que se contemplan desde el palco del poder.
El presidente Emmanuel Macron, lejos de erigir un liderazgo capaz de enfrentar la tormenta, ha preferido flotar sobre las aguas del poder, evitando sumergirse en la profundidad del conflicto. Así ha dejado escapar el talento y la determinación de algunos de sus ministros, como François Bayrou, quien no solo se atrevió a proponer un recorte de 51,000 millones de dólares en el presupuesto de 2026, sino que tuvo el valor, ante la inminencia de un voto de censura, de advertir al Parlamento: “Ustedes pueden derrocar al Gobierno, pero no pueden borrar la realidad”.
Francia es hoy un río que crece de manera amenazante mientras sus dirigentes discuten cómo construir el dique. Y los mercados, que no suelen tener paciencia con la indecisión, han comenzado a pasar factura: tras la última renuncia, los rendimientos de la deuda pública francesa a diez años se negociaron hasta 86 puntos básicos por encima de los bonos alemanes, un diferencial no visto desde el colapso del Gobierno de Barnier a finales de 2024.
La lección es clara: los problemas no desaparecen por ser ignorados. Hay que mirarlos de frente y construir el liderazgo que los enfrente, porque cuando no se doma al toro, la plaza termina convertida en polvo y estampida.