Educar para toda la vida

Manauri Jorge

Hace 20 años la forma tradicional de enseñarnos era repitiendo y repitiendo contenido hasta memorizarlo tal cual. En ese contexto la inteligencia era cuantitativa, tu capacidad era directamente proporcional a la cantidad de oraciones que grapabas en la memoria, casi siempre a corto plazo. Los que más recordaban se sentaban delante y casi siempre eran consentidos de los maestros. ¿Dónde me sentaba yo? Dependía la fecha.

Pensaba que esa metodología de enseñanza se quedaría en las limitantes aulas de la educación preuniversitaria, pero algunos docentes universitarios eran iguales o peores. Tuve uno que mandaba a copiar a mano 10 páginas de un libro y luego había que pararse y repetirlas tal cual. Fue tan bueno que ni su nombre recuerdo.

¿Cómo se aprende realmente?

Antes de la era tecnológica lo que necesitaban los pueblos para subsistir era personas que supieran leer, escribir y un poco de matemática básica, con esto podían trabajar el campo, construir y comunicarse. Así era la metodología de enseñanza y aprendizaje del siglo pasado, y del pasado, y de los anteriores. Bastaba con saber lo básico para estar en comunión. Sin embargo, hoy no es así –y qué bueno.

Ahora la inteligencia no se ve como resultado, sino como proceso, bien lo explica Paulo Freire en su visión constructivista del aprendizaje. Incluso, hay varios tipos de inteligencia según Howard Gardner, por ende a nadie se le puede considerar estúpido por no saber sumar 2+2 si es el mejor en la patineta, dibujando o comunicándose.

Para lograr el aprendizaje se requiere de estímulos, apelar al principio de recompensa donde se libera dopamina cuando logras un objetivo. Por eso se habla de que el mejor aprendizaje se consigue jugando, tanto así que a los astronautas y militares ya les entrenan con videojuegos porque el cerebro reacciona de la misma forma si es realidad o si es virtual. La asociación es fundamental para aprender, sobre todo en la infancia.

¿De qué va todo esto?

Sucede que en esta era de la información tenemos nuevas formas de aprendizaje, los nativos digitales no procesan la realidad sin lo virtual, para ellos es indispensable estar conectados, estar en la nube, estar presente en el mundo intangible. Es tan así que sus códigos del habla están directamente relacionados con los binarios.

El 42% de los niños de 0 a 8 años utilizan dispositivos conectados a Internet. De 0-2 años el 20%, de 3-5 años el 45% y finalmente de 6-8 años el 60% (Luis Miguel Hernández, 2013). No se ha adaptado el sistema a los nuevos tiempos, lo que se ha hecho es adaptar los nuevos tiempos al sistema, manteniendo la misma línea de enseñanza-aprendizaje, solo que en vez de pizarra se utiliza un proyector.

Mi hijo de cinco años habla de darme likes si juego con él, de usar la tableta para aprender a contar, de sonar la campanita de Youtube cuando le llamo y de volverse suscriptor de sus amigos para seguir sus aventuras. Nadie le ha enseñado a usar las tecnologías de la información y la comunicación, por el contrario, él le da los trucos a su abuela para potenciar su celular y cómo usar los atajos en Netflix.

Esa realidad no es exclusiva de él, pasa lo propio con otros infantes que alcanzan la tecnología. Hay quienes no tienen las facilidades, pero sus neuronas están tan receptivas al aprendizaje que basta con explorar por una hora cualquier dispositivo para dominarlo. Un ejemplo palpable es el “Hoyo en la Pared” del científico Sugata Mitra: puso una computadora en un suburbio de la India y los niños iletrados aprendieron a usarla solos.

Ahora que se inicia otro año escolar en República Dominicana es necesario que, en vez de aterrizar el contenido, se eleve y vuele tan alto que llegue a las nubes, el mismo lugar donde están nuestros estudiantes. Cualquier educando conoce más que su maestro y, si no lo sabe, sabe dónde encontrar miles de respuestas. Por eso el facilitador de hoy reconoce su papel mediador, es un especialista en metodología y el comportamiento.

Este ciclo envuelve a más de tres millones de estudiantes a nivel nacional, la mitad de ellos en una jornada escolar extendida de ocho horas diarias en el centro. ¿Se ha logrado algo? Sería mezquino decir que no porque las mejoras están ahí. Los desafíos ya no son cuantitativos, urge hacer hincapié en la calidad, no solo dando computadoras, sino cambiando el modelo de enseñanza; que se entienda, de una vez y por todas, que la educación solo será factible si se enseña para toda la vida, para ser felices.