Eficiencia y ahorro

Las alzas de precio del petróleo le están torciendo el brazo a las economías de los países que no producen este mineral, como es el caso de la República Dominicana.

Ha llegado la hora en que se requiere diseñar una política que obligue, más que cualquier otra cosa, a un uso eficiente de los hidrocarburos y la energía.

El uso eficiente de los carburantes es una necesidad que se ha estado planteando durante mucho tiempo en este país, pero los distintos gobiernos han tratado con lamentable desdén toda propuesta o demanda en este sentido.

Hasta ahora, los gobiernos han interpretado con una visión fiscalista lo que debería ser una real búsqueda de eficiencia, sí, eficiencia más que ahorro. Así, han penalizado con altos impuestos los carburantes bajo la creencia de que encarecerlos induce al ahorro, pero el comportamiento de nuestro consumo de gasolina, sobre todo, desmorona ese argumento.

–II–

La generación de electricidad nos permite explicar por qué insistimos en eficiencia más que en ahorro.

Cada megavatio procedente de las grandes plantas del sistema, aunque muchas de ellas operan con carburantes relativamente caros, tiene un costo mucho más bajo que si generáramos un potencial equivalente con veintenas o cientos de pequeñas plantas de emergencia. Y eso aquí es cotidiano.

La enorme diferencia en costos es el factor de eficiencia en que tanto insistimos.

El razonamiento anterior es válido para muchos ámbitos, entre éstos el transporte de carga y pasajeros por medio de pequeñas unidades motrices y el derroche de energía en los hogares, en los cuales es hábito tener encendidos aparatos que no se están utilizando.

Todos estos aspectos han sido soslayados por los gobiernos durante mucho tiempo, en gran medida porque este uso deficiente de los combustibles y la energía, mal que bien, alimenta el erario a través del “Diferencial del Petróleo” y otras cargas fiscales.

–III–

Torcido el brazo, como lo tenemos ahora, debemos modificar nuestro criterio de manejo de energía y combustibles. El ahorro debe ser una meta irrenunciable, pero debe lograrse por vía de la eficiencia en el uso de uno y de otro.

No haríamos mucho con consumir menos petróleo si dejamos intactos los vicios que determinan la falta de eficiencia, que es el factor de mayor influencia en nuestros gastos petroleros.

Sería un ahorro ficticio si, en medio de un programa de ahorro de combustibles, las necesidades de energía eléctrica tienen que ser satisfechas con cientos o miles de plantas de emergencia de pobre rendimiento.

Poco ganaríamos si en vez de colectivizar de una vez por todas el transporte de pasajeros, continuamos recurriendo a unidades de alto costo por pasajero, movidas por carburantes caros.

El ahorro debe venir por vía de la eficiencia, aunque ello implique cierto sacrificio fiscal en el que no ha querido incurrir ningún Gobierno.