Ejecución sumaria en Londres

HAMLET HERNANN
Recuerdo mis lecturas de la adolescencia. En ellas los héroes eran capaces de castigar a los malvados sin necesidad de masacrarlos. Aquellas eran magníficas enseñanzas. Una de las actitudes heroicas que más apreciábamos entonces era la de Scotland Yard, el departamento investigador de la policía británica.Los valerosos “bobbies”, para asombro y admiración de todos, no usaban armas de fuego. Sus métodos contrastaban con los procedimientos del Federal Bureau of Investigations (FBI) de J. Edgar Hoover.

Los norteamericanos utilizaban ametralladoras Thompson calibre .45 para combatir el crimen teniendo como resultado habitual las consiguientes matanzas que engalanaban la prensa de la época.

Ahora, en 2005, aquella actitud de Scotland Yard es agua pasada por el molino. Los británicos pasaron de colonizadores de Estados Unidos a ser colonizados por éstos. La violenta escuela de Hoover fue amamantada por la Thatcher y por Blair llevando a nivel de cultura los “intercambios de disparos” para combatir la delincuencia. Ejemplo reciente que viene a la mano es el asesinato del joven electricista brasileño Jean Charles de Menezes. En una actitud irresponsable e hipócrita, las autoridades policiales británicas llaman error a ese crimen. Para respetar los idiomas, el inglés y el español, preferiría llamar ese acto como “ejecución sumaria”. Según las versiones policiales Menezes corría sospechosamente por el andén del tren subterráneo, tropezó y cayó al suelo. Esta oportunidad fue aprovechada por los “swats” para inmovilizarlo y darle ocho (8) balazos en la cabeza. Repito: ocho balazos en la cabeza. Una sola bala del calibre usado por las brigadas especiales anti-terroristas habría bastado para destrozar el cráneo y provocarle la muerte instantánea. Un segundo impacto habría demolido lo que hubiera quedado de huesos o masa encefálica de la víctima. Del tercer disparo en adelante nada quedaba en la cabeza del cadáver de Menezes que pudiera ser destruido. Sin embargo, el arma siguió tronando una y otra vez hasta llegar a ocho impactos directos a quemarropa. No hay trazos de que se hubiera fallado uno sólo de los disparos. Todos dieron en el blanco. El policía que actuaba como verdugo debe haber estado en un frenesí inculcado pacientemente por sus superiores de manera que lo pusiera en práctica contra todo aquel que considerara un terrorista.

Ocho disparos a quemarropa en la cabeza de una persona inmovilizada en el suelo es el sadismo más aberrante que uno pudiera imaginarse. Ni siquiera la “mafia” ni los sicarios del narcotráfico son tan brutales como demostraron serlo los “swats” de Scotland Yard. En el proceso de denunciar el terrorismo, la policía británica ha exhibido abundantes imágenes de video para mostrar los movimientos de aquellos que consideran colocaron explosivos en el tren subterráneo londinense. ¿Qué los induce ahora a no mostrar las imágenes de las cámaras de seguridad que contienen el proceso de persecución y aniquilamiento del joven brasileño? A nadie se le debía ocurrir que, precisamente, el lugar de la ejecución no estuviera cubierto por las cámaras. Esa sería demasiada coincidencia.

Convencido estoy que la ejecución de Menezes fue un castigo al estilo de la “mafia”. Y entonces pregunto: ¿qué vio el brasileño en la estación subterránea que lo convirtió en víctima propiciatoria de un horrendo crimen? ¿Por qué había que callarlo y aniquilarlo de inmediato? ¿Qué secreto habría estado en peligro de ser develado por un testigo ocasional que estuvo en el lugar menos indicado en el momento menos propicio? Ante una muerte tan sanguinaria la excusa policial del error es inadmisible. Ni siquiera castigando a los asesinos se compensa esa muerte. El secreto aparentemente envuelto en ese caso puede ser tan importante que hasta los verdugos de Menezes podrían estar en peligro de muerte. La responsabilidad por ese hecho debe estar en el alto mando del gobierno británico que todavía trata de justificar como un error la masacre de un ser humano que ha recibido ocho balazos en la cabeza.

En esta denominada “guerra contra el terrorismo”, patrocinada por los peores terroristas que ahora gobiernan en las naciones occidentales, la primera víctima sigue siendo la verdad. La segunda víctima son las libertades públicas, las cuales disminuyen día a día para beneficio de los promotores de las guerras preventivas. La tercera víctima son los pueblos en cuyo territorio se alojan recursos naturales como el petróleo. La cuarta y última víctima serán ellos mismos, los promotores de las guerras preventivas, porque han perdido la noción del valor de las vidas humanas. Y eso, por lo cruel que resulta, no puede durar mucho más.