Ejemplo de vida

PEDRO GIL ITURBIDES
Hugo Tolentino Dipp hizo diana. La honestidad no se predica para que se propale. Se practica para que el testimonio de vida mueva a la emulación.

Muchas veces escribo sobre el libro “Hombres Simbólicos”, de Ralph Waldo Emerson. La tesis de este ensayo proclama que las sociedades deben exaltar a quienes vivieron sana y ejemplarmente, para que esas vidas germinen en las conductas de los pueblos. Pero, ¿qué es lo que exalta la sociedad dominicana de nuestros tiempos?

Otorgamos multimillonarias contratas para sembrar árboles en un nuevo parque en Santiago de los Caballeros, a personas marcadas por la corrupción. Se designan en elevadas funciones públicas a personas con procesos abiertos por dolo, durante anteriores ejercicios de cargos del Estado. Se otorgan concesiones con carácter de prebendas a aquellos sobre quienes recaen dudas respecto del manejo del tesoro público. A quienes han faltado, por decirlo en pocas palabras, se les premia.

¿Cuán honestamente puede comportarse un joven de flaca moral cuando el ejemplo que se resalta no es el de la pulcritud? La Conferencia del Episcopado Dominicano centró el quid de lo que ocurre, en una palabra: desorden. Hemos llegado a niveles de desquiciamiento de tal magnitud que el reordenamiento supondrá grandes sacrificios. Pero tengo plena seguridad de que nadie se encuentra en disposición de inclinarse a estos sacrificios, que entrañan cambios en los estilos de vida. Para un proceso de esta naturaleza no se avizora oportunidad, pues el desorden creó un círculo vicioso del que no deseamos desprendernos.

Son necesarias las anunciadas disposiciones policiales que se han previsto para las horas siguientes. De cuanto pueda echarse manos debemos asirnos, con la esperanza de que una reacción del cuerpo político asuste a los criminales. Pero el acto de coacción tiene un efecto parcial si no muestra ese mismo cuerpo político, una imagen apropiada al objetivo que se propone.

El desorden imperante, conforme el pronunciamiento de los Obispos, impedirá, sin embargo, que la raíz del mal sea cortada.

Y porque es difícil que la politiquería ceda el espacio que ha ocupado, y que propició el desorden, y de modo indirecto estimuló a la delincuencia, la gran batalla no se dará a la delincuencia. Retornar a una sociedad respetada, pasa por el camino de las acciones policiales, por supuesto, en situaciones como las que vivimos actualmente. Retornar a una sociedad respetable impone, sin embargo, que el ejemplo de vida que se ofrezca en todos los sectores nacionales, sea un ejemplo de sanidad que no deseamos. Ni estamos en disposición de adoptar.

Como escaramuza, por supuesto, valen las diversas medidas adoptadas, siempre que sean cumplidas con fidelidad al reclamo de las gentes. Para que se enderece definitivamente esta barca que ya hizo agua y comienza a escoriar, empero, bien vale que se piense en el testimonio de vida. Salvo, por supuesto, que deseemos dar vigencia a un antiguo sarcasmo: ¡haz lo que yo digo, no lo que yo hago!