El aborto, un drama humano-social en búsqueda de soluciones

El aborto ha existido siempre, como la vida misma. Inútil eliminarlo. No se puede condenar al aborto, sin condenar la vida que va más allá de la simple concepción. El aborto es un drama humano y social, un drama permanente de innumerables  causas,  motivos y consecuencias, que no tienen cabida en una creencia religiosa. Como nos relata Eduardo Galeano un médico, a quien se le presenta el drama de decidir un parto donde una de las mellizas debe morir para salvar a la otra; no siendo Dios, le consulta.

Pero Dios no responde. No le llega ningún mensaje, ninguna señal que alivie su tormento. Encontrándose sólo con su conciencia y  sus conocimientos científicos se dice: Preferible salvar a una criatura y no dejar que mueran dos. Asume así tan  terrible decisión, pero la echa al  azar, lo más cercano a Dios, para que elija. Y con el corazón destrozado actúa: una fue condenada a morir;  la otra  fue condenada a vivir … Así lo quiso el Destino. La vida en sí no escapa de la tragedia. Es la lucha agónica de cada instante.

El aborto siempre será tema harto delicado, mas no puede ser tema constitucional. La Constitución traza normas generales de comportamiento, aptas para  que  toda  persona pueda convivir armónicamente con los demás, regidos todos por cánones universales donde se respeten los derechos fundamentales y todos los derechos: independientemente de la condición social, credo religioso, preferencia o pensamiento político,  científico o  filosófico. Por eso la Constitución, proclama la libertad de cultos y de creencias. Y ese derecho, inherente a la naturaleza humana, tan sagrado como el derecho a la vida en su plenitud,  debe por siempre ser respetado.

La cuestión no es, ni puede ser planteada en eliminar o penalizar el aborto, porque sí. Tampoco permitirlo libremente, haciendo de ese drama un carnaval. Tan solo hay saber regularlo y garantizar con su regulación. Eficazmente, sin que ninguna mujer se vea expuesta o  disminuida en su condición, ni hombre alguno pueda mancillar su honra con una acción criminal. Creced y multiplicaos, el más maravilloso milagro de la creación,  cuando resulta de un acto deseado, sublime de amor.

Ninguna mujer quiere abortar. Sólo el tremendo drama que se le presenta   y el entorno social en que se desenvuelve, le obliga a tomar tan delicada decisión, no sin riesgo de exponerse a una sanción moral, social o religiosa,  tan desdichada como cualquier condena judicial.

No puede condenarse (sería un acto lesa humanidad) a la víctima de un abuso criminal. No puede condenarse a quienes decidan auxiliarla en ese trance  por razones  humanitarias o científicas. No se puede penalizar, sin caer en el absurdo más aberrante a quienes, en conciencia, deciden  salvar la vida en peligro  de la madre, sacrificando su fruto para no perecer.  

Nadie está exento de padecer este drama  que afecta no solo a la mujer, de cualquier edad y a su familia,  víctimas directas de seres desaprensivos, degenerados o violentos. De estos hay que cuidarse como también  del fanatismo que obnubila y  ha sido causa histórica de enormes tragedias humanas. La infausta decisión de los Asambleístas, lejos de procurar una solución equidistante, acrecienta el drama.