El alcohol como incienso

CARMEN IMBERT BRUGAL
Quizás la redacción original obedeció a un error teológico. Lejos de la apostasía y más cerca de la realidad cumbanchera, de la imposible redención de un conglomerado confundido por atisbos de modernidad y la monda y lironda circunstancia aldeana que lo aprisiona. Acaeció sin reparar en las disquisiciones acerca de la pertinencia del consumo de vino que preocupa a los exegetas de la Biblia. Todavía esos sabios comparan distintos pareceres para descodificar mensajes. Estudian a Isaías, Habacuc, Levítico, a San Juan y el milagro de la conversión del agua en la boda cananea.

Ocurrió cuando el trajín del éxodo ocupaba espacios mediáticos y el interés estaba concentrado en los aprestos de la Comisión Nacional de Emergencia que trabajó para evitar la muerte de 32 personas y las lesiones que afectaron a 525 ciudadanos, durante los días de asueto. Legiones de citadinos se trasladaban de un lugar a otro. Dejaban la rutina para ocupar playas y montañas. Los sedentarios revisaban agendas para saber a cuál templo dirigir sus pasos, conocer el repertorio del coro de la catedral, averiguar cuántos restaurantes, bares, salas de cine, ofrecerían sus servicios sin entorpecer el recogimiento cristiano. Sólo los diarios digitales difundieron la resolución. La incredulidad primó. Se repetía lo leído como rumor de parque. Eso es un gancho- murmuraban unos-. ¿Qué dijo el cardenal? Preguntaban otros-.

Apostasía no fue pero tampoco confesión de fe. Entre la epifanía y el gólgota hay un abismo, como el que separa el calvario de la resurrección. Conmemorar significa “hacer memoria o conmemoración” y el Secretario de Interior y Policía instó a conmemorar la muerte de nuestro Señor Jesucristo, libando. Un remedo de guitarrón y charro mexicano, por aquello de cantar penas y llorar las alegrías. Si el Señor sufre, ¡Bebamos!

No es leyenda, ni capítulo perdido de Cosas Añejas, sucedió cuando algunos aseguran que la comunidad ha dejado atrás un pasado de polainas y fusta, de fusiles y tizne, oscuridad y montonera. Días de uniforme y de civiles truculentos, de barbarie bufonesca y atemorizante. De mandatos revocados antes de las veinticuatro horas de vigencia, de prohibiciones rocambolescas como aquellas que impedían escupitajos redondos, castigaban la mendicidad y la vagancia, sancionaban a quienes interpretaban sueños o hicieran adivinaciones, con fines de lucro. Días de requerir la entrega de una impúber mediante orden escrita sobre un papel de estraza, de cambiar la hora para estar a oscuras a las tres de la tarde. Acontece años después, cuando la diversión está enfrente de una pantalla que acerca todas las maravillas del mundo y permite conocer, aunque debajo de un techo de hojalata, ignotos predios, descollantes personalidades y hechos, sin necesidad de esperar un circo que amaine el tedio polvoriento de la isla donde el 27% de la población padece hambre. Es el mismo territorio que agrupa la pobreza extrema de 1.2 millones de personas y acoge la infancia dañada por la desnutrición.

El dictado inoportuno del Secretario “liberó” los días jueves, viernes, sábado, domingo santos, de los efectos del yugo establecido por los Decretos 308 y 316 que restringen el horario para el expendio de bebidas espirituosas. En consecuencia, y sin recordar que el 74 % de los accidentes de tránsito se produce por la embriaguez de los conductores, ordenó beber sin límites para “conmemorar la muerte de Nuestro Señor Jesucristo”. Gozosos y atolondrados, los súbditos titubearon en principio. No sabían si vaciar sus odres en las corrientes disminuidas de los ríos, en las contaminadas profundidades de los mares o apurar el contenido antes de la anulación del irreverente ucase. Optaron por lo segundo. Celebraron como prescribió la autoridad. Y fue la palmaria ratificación de la derrota institucional criolla.

Desacierto ha sido la restricción de horario, descuidando la aplicación de normas vigentes. La veda no comenzó con los decretos. La ley impide a los menores de edad comprar y consumir cerveza, ron, vino, vodka, ginebra y el largo etcétera etílico. Uno de los artículos de la ley 114 que modifica la 241 sobre tránsito de vehículos prescribe: “cuando el conductor, presumiblemente responsable del accidente, se encuentre bajo los efectos de bebidas embriagantes o estupefacientes, el ministerio público ordenará la prisión preventiva.”

La concesión de una dispensa para prohijar el desparpajo, agrava la torpeza oficial. La autoridad aprovechó un resquicio para afectar, por enésima ocasión, la pretensión legalista. De nuevo, gobernantes y gobernados, irrespetan lo que es menester obtemperar. ¿Cómo infundir solemnidad si la pachanga proviene de la superestructura? ¿Cómo aparejar regocijo con permisión y desorden, a contrapelo de providencias cuya revocación no puede depender del capricho o la conveniencia, menos de la asunción de la banalidad y chabacanería ciudadana? A pesar de todo y acatando el jubileo de la pascua, procede la clemencia. Fue un equívoco. Alguien confundió incienso con alcohol.