El alma de una nación

Aunque nos hemos acostumbrado a ver las naciones como porciones de un gran mapa del continente, una nación debe ser entendida más bien como un sentimiento compartido por muchas personas que viven generalmente en un territorio común. Contrariamente, no bastará jamás la fuerza militar, ni el mar ni las montañas como límites para que haya una nación. Haití y República Dominicana nunca podríamos ser una sola nación, aunque las grandes fuerzas del mundo lo intentasen. Un nación se origina en una etnia, es decir, en una familia alargada, en la que se conserva una estructura de grupo en base a un sentimiento, una base cultural y emocional comunes, en un sentido de pertenencia, identidad y ligazón afectiva. Pero, para que siga existiendo, la nación necesita, sobre todo, de un compromiso emocional con al menos un propósito común.

Una multitud en el estadio, en general, tiene un interés semejante: cada uno quiere ver el partido. Hay sin embargo pequeños grupos, de amigos o contertulios que tienen, además, el interés común de ver el juego ¡juntos! Los que esperan el autobús en la parada tienen interés semejante, no común; cada cual quiere subir, no necesariamente con otras personas.

Lo mismo en el supermercado o en el gran mercado de la globalización: cada cual quiere comprar alimentos y cosas para sí o su familia; carecen de interés en que todos compren o que siquiera haya para todos, excepto que habiendo para todos ello garantice precios más convenientes.

El consumismo capitalista solamente puede mantener abundancia, paz, orden y precios relativamente bajos en determinadas circunstancias. Ese ordenamiento y esa conveniencia que ofrece el mercado no existen en determinadas sociedades o países para todos los ciudadanos.

La carencia de recursos monetarios, o la escasez de mercancías, suelen estar en el inconsciente de las gentes provocando el mismo tipo de conducta agresiva reprimida que tiene lugar en un taponamiento de tránsito vehicular. En el supermercado, la proximidad física de los individuos los hace más civilizados y amables. En el automóvil, cada cual se siente física y emocionalmente aislado, y visualmente protegido por el entintado.

En países pobres, atrasados y semi-analfabetos, el impacto sociológico del mercado y del consumismo, como fenómenos estructural y cultural, produce un debilitamiento de los sentimientos comunitarios y de identidad. Los vínculos e intereses colectivos, y los propósitos comunes se diluyen en la lucha por la supervivencia en un ambiente de inseguridad, a menudo física o alimentaria.

El consumismo como propósito fundamental de vida de individuos y pueblos anula el sentimiento de afectividad, identidad y pertenencia. La patria pierde su sentido y razón de ser y se convierte en un mercado “nacional”, que es nacional tan solo porque el Estado asume el papel de reglamentar localmente el mercado, no porque ello sirva necesariamente a un propósito colectivo o nacional alguno.

Una nación tiene un alma en la medida en que contiene sentimientos y propósitos unificadores. Cuando solamente hay individuos con propósitos individuales, semejantes a los de otros individuos, pero no para beneficio común, la nación no existe.