El amor a través de la pintura universal

MARIANNE DE TOLENTINO
Estudiar el amor en la pintura universal requeriría meses de investigación. Nos limitaremos a evocar ese tema apasionante a grandes rasgos y apoyando principalemente nuestro trabajo en dos exposiciones que se hicieron en la República Dominicana en base a obras del Museo del Louvre.

El amor puede ser sagrado o profano, puede ser filial, conyugal, eterno, durable o breve,  puede surgir a primera vista, desarrollarse lenta y sigilosamente, convertirse en pasión o apagarse en el drama y la congoja. Si es infinito en sus variaciones, siempre entraña emoción e intensidad de los sentimientos, del goce al dolor, de la devoción a la dependencia.  La literatura lo ha hecho sujeto predilecto que prácticamente condiciona a la narrativa como la poesía. Las artes visuales, sin que llegue a ese nivel y frecuencia, muestran cómo ese tema, identificado con la vida, se interpreta, acorde con las épocas, las sociedades, las  tradiciones… y con la singularidad del talento.

Por más que  San Valentín concierne también a los vínculos familiares y a la amistad, es esencialmente una celebración de la pareja, de las relaciones personales, de la entrega, de la felicidad que proporciona el otro… o a la cual se aspira. Es ese enfoque que retendrá nuestra atención en la pintura.

Durante la Edad Media,  el amor sagrado y la adoración divina se plasmaban en los retablos y los paneles de madera, los nexos terrenales transpareciendo solamente a través de escenas religiosas con finalidades didácticas. Los sentimientos se expresaban, a veces con gran ternura a través de las figures bíblicas, de la Virgen María, Jesucristo y los ángeles. 

Desde el siglo XV y el Renacimiento, cabe reafirmar que el pensamiento humanista vuelve a colocar al hombre en el centro del mundo, y el arte ya se interesa por la realidad circundante, por el retrato, por los objetos cotidianos, por el paisaje. Aunque timidamente, el amor profano hace su aparición, pero enmascarado por la mitología greco-latina y sus divinidades. El más hermoso ejemplo de este cambio ideológico, que se acompaña de una técnica enriquecida, es Sandro Boticelli, con su apologia pictórica de Venus, la diosa del amor y la  belleza. Los héroes y episodios mitológicos incrementan luego su frecuencia, permitiendo entonces que los pintores homenajeen al cuerpo, al desnudo, a la sensualidad, lo que es una manera de aludir al amor carnal y trascender la materialización del sentimiento. El amor se alegoriza bajo los rasgos del travieso pequeño dios Cupido con sus flechas.

Mediante el retrato, representando la belleza de la mujer, el artista clásico revela cuán está enamorado –ya lo había hecho Rafael con la Fornarina-, así Rubens cuando pinta a su joven esposa y sus niños, el deslumbramiento matrimonial fundiéndose con la ternura filial. O escenas ambiguas, como La Bebedora de Peter Hooch,  captan los preludios del lupanar.  Ya, en el siglo XVII, el desnudo femenino, pese a que conserva su connotación erótica y aun ilustra episodios bíblicos, no introduce necesariamente a la tentación y el pecado.

Ahora bien, es en el siglo XVIII, período alegremente libertino, cuando estalla la libertad de expresión pictórica en el amor, con un refinamiento exquisito. El pintor describe fases de la seducción, la conquista, el placer de los sentidos, empleando o no la alegoría de la partida hacia la isla de Venus. Tampoco se teme sobrentender los ardores de una pareja en la alcoba: El Cerrojo de Fragonard es emblemático al respecto. Lo disfrazarán con la presencia de una manzana… prohibida, ¡pero es más sutileza para la lectura del cuadro que precaución ante la censura!  También está la audacia de  La Maja desnuda de Goya en el umbral del siglo venidero. 

En el siglo XIX, el amor se convierte en un tema entre los demás,  tratado discrecionalmente en sus audacias o recatos, pero enfrentando ocasionalmente el pudor o la hipocresía de los prejuicios –mientras los pintores oficiales de fin de siglo se regodeaban en desnudos femeninos-.

 El erotismo se aloja en los cuerpos lascivos y regordetes del Baño turco de Ingres, capaz él mismo de transmitir el machismo amoroso en un edificante Zeus y Thetis –cuya muy aproximada reproducción hemos visto por cierto en la carretera llegando a Santiago-. Théodore Chassériau, el más dominicano de los pintores franceses, aparte de dibujos y telas, hizo una magnífica serie de grabados inspirados por la pieza de Shakespeare y trágica historia de amor y muerte de Otelo y Desdémona –la disfrutamos aquí en el 2004-. En numerosos  cuadros del Romanticismo y luego el Impresionismo, escenas familiares –padres, hijos, hermanos- se refieren al afecto filial.

LAS CLAVES

1. Pintores clásicos

 Mediante el retrato, representando la belleza de la mujer, el artista clásico revela cuán está enamorado,  ya lo había hecho Rafael con la Fornarina-, así Rubens cuando pinta a su joven esposa y sus niños.

2. Siglo XV

el amor profano hace su aparición, pero enmascarado por la mitología greco-latina y sus divinidades.

Época moderna

Ya en la época moderna y contemporánea, cuando  la fotografía y los medios audiovisuales reinan como competidores de la pintura, cuando la abstracción ha adquirido un espacio independiente, el amor no se privilegia como sujeto de pintura mucho menos provoca escándalos, y su imagen no conoce límites, ni en el concepto, ni en ejecución y componentes.

“Picasso erótico”, retrospectiva de aquel genio  absoluto enamorado del amor, alcanzó un clímax tanto en la virtuosidad de las obras como en sus figuras a las orilla de la pornografía. Sin embargo no causó conmoción sino una admiración sin reservas.

Hoy el amor en la pintura y las diferentes categorías artísticas, se ha debilitado como obsesión o temática mayor, cediendo primacía las aventuras de la pareja al compromiso con la condición humana y la naturaleza agredida. ¡Un fenómeno de tiempos resquebrajados y preocupados por la supervivencia colectiva!