El aniversario del nunca más

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Hoy se cumplen 42 años de la segunda intervención armada norteamericana al territorio dominicano, bajo la supuesta urgencia de evitar que el castrismo triunfante en Cuba estableciera sus reales en el país, bajo los impulsos de entusiasmados jóvenes de izquierda, soñando con la gloria que había sido mutilada en Las Manaclas dos años antes.

Aquel 28 de abril de 1965, el país sintió hollado su territorio por las botas de la infantería norteamericana, que en ese momento, su cantidad era mucho mayor a la que ya se encontraba combatiendo en Vietnam. De esa manera se logró ahogar todo un proceso cívico militar, que si bien improvisado y sin cabezas visibles, tenía por objeto decirle al mundo que se buscaba el retorno a la constitucionalidad derribada el 25 de septiembre de 1963.

El desembarco de las tropas norteamericanas, que por aire comenzaron a llegar al helipuerto improvisado en las cercanías del hotel El Embajador y por la pista de San Isidro, y por mar en las playas de Haina, impulsó una estampida de casi todos los cabecillas políticos y militares, que buscaron el santuario de las embajadas latinoamericanas ubicadas en la avenida Pasteur. Luego, muchos de esos dirigentes, fueron buscados por otros militares, que arriesgando sus vidas, enfrentaban al invasor sin temerle al poder de fuego, dispuesto a arrasar con las vidas dominicanas que fueran necesarias como daños colaterales inevitables.

Las tropas norteamericanas dividieron a la ciudad en dos sectores, creando un famoso corredor internacional que permitía el acceso directo hacia el este de la capital y vía segura para acceder al aeropuerto, mientras la zona constitucionalista languidecía en un limbo con esporádicas confrontaciones entre el invasor y las fuerzas acantonadas en la ciudad colonial y algunos de los barrios extramuros como San Carlos. Tenían un gobierno que controlaba ese sector mientras las fueras de San Isidro procedieron a una sangrienta operación limpieza que le cercenó la vida a cientos de dominicanos jóvenes que osaron enfrentarse a los blindados, que días antes, habían sido paralizados en la cabecera occidental del puente Duarte.

En la cabecera occidental del puente Duarte se escenificó una feroz y patriótica resistencia de cientos de ciudadanos, decididos a defender lo que creían era lo correcto de la vuelta a la constitucionalidad. Fueron cientos de vidas que se perdieron en ese combate del puente, que ha pasado a la historia con ribetes llenos de la imaginación de intelectuales, embriagados con los coqueteos de la revolución dominicana que nunca llegó.

Los norteamericanos comenzaron su operación limpieza en avance desde la calle San Juan Bosco hacia el sur, para unirse a las tropas acantonadas en la embajada americana, y cerrar el círculo con el corredor de la avenida Pasteur. En su avance no respetaban casas, disparando sin ton ni son, en acción de ablandamiento, como fue el caso de nuestra residencia en aquel entonces en la Rosa Duarte, que fue rociada con un fuego graneado de fusilería por espacio de una hora, bajo la excusa de que había hombres armados en la casa.

Precisamente, esos hombres armados, eran militares que habían sido puestos por el Estado Mayor para proteger vida y propiedades de mi padre, que había sido alto funcionario del Triunvirato, que estaba refugiado en la embajada del Ecuador junto a destacados militares e ideólogos del movimiento constitucionalista. Afortunadamente el fuego no pasó de un incidente peligroso y provocó inquietud en mi esposa, embarazada en ese momento de nuestra hija Ruth y acompañados del pequeño Esteban con ocho meses, acostados todos en el suelo y protegidos por una gruesa pared de concreto hasta que cesaron los disparos, permitiendo parlamentar, despachar los militares hacia sus cuarteles y los norteamericanos todos miembros de la famosa brigada 82 aerotransportada, establecerse en el patio de nuestra residencia durante varias semanas, más luego serían enviadas a Vietnam al exterminio. Muchos de esos jóvenes soldados, principalmente los oficiales de academia, con los cuales establecí vínculos de amistad, perdieron la vida en esa guerra sin razón del sudeste asiático, parecido a lo que ocurre hoy en día en Irak.

Nunca más debemos darle excusa a los que se creen dueños de la Tierra, que pretendiendo que el Caribe es su patio trasero, intenten de nuevo venir a imponer el orden. Siempre es para apoyar los intereses de los poderosos locales y el aplastamiento de los pobres, que tratan de sobrevivir a los que se quieren apoderar de todos los recursos en nombre de la globalización del capitalismo salvaje, como sentenció el nunca bien llorado papa Juan Pablo II.