El arma perfecta para guerras más mezquinas

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Por JEFFREY GETTLEMAN 
The New York Times News Service
NAIROBI, Kenia —
A principios de los años 80, en las tierras bajas de Mozambique, surgió una nueva tecnología de guerra que recorrería toda Africa y pronto el resto del mundo: el niño soldado.

Los comandantes rebeldes habían construido una máquina de matar de 1.20 metros de altura que se abrió paso en aldea tras aldea y casi invadió al gobierno. Su rastro eran chozas humeantes y orejas cortadas.

Los mozambiqueños aprendieron que los niños eran el arma perfecta: fácilmente manipulables, intensamente leales, intrépidos y, lo más importante, de suministro interminable.

Hoy, dicen grupos defensores de los derechos humanos, hay 300,000 niños soldado en el mundo. Y expertos afirman que el problema se está haciendo más profundo conforme cambia la naturaleza del conflicto mismo; especialmente en Africa.

Aquí, en un país tras otro, los conflictos pasan de luchas impulsadas por una idea o causa a campañas dirigidas por caciques cuyo objetivo esencial es saquear. Como esos nuevos movimientos rebeldes están motivados y financiados por el crimen, el apoyo popular se vuelve irrelevante. A quienes tienen el control no les importan los corazones y mentes. Ven a la población local como presa.

El resultado es que pocos adultos quieren tener algo que ver con ellos, y manipular y secuestrar niños se vuelve la mejor manera de sostener el bandidaje organizado.

Esta dinámica ha avivado a algunos de los conflictos más prolongados en el continente, y podía verse este mes en al menos tres países:

— En Somalia, en el último mes, más de 1,000 personas han sido asesinadas en Mogadiscio, la capital, en una compleja guerra civil agrabada por los caciques que comandan ejércitos de adolescentes. La guerra se remonta a 1991, cuando el gobierno central fue derrocado por clanes que disputaban por antiguos agravios. Pero pronto se volvió una competencia entre los caciques por el control de aeropuertos, puertos marítimos y el acceso a la ayuda internacional. Dieciséis años después, siguen desenfrenados.

— En Congo, una guerra civil que empezó hace una década para derrocar al tirano de la era de la Guerra Fría Mobutu Sese Seko es ahora una lucha de múltiples cabezas en la cual sólo uno de los actores es el gobierno. El resto son pandillas rebeldes que combaten entre sí por una parte de la madera, el cobre, el oro, los diamantes y otros recursos. Todas lass partes, según un informe emitido estemes por Human Rights Watch, dependen de niños soldados.

— En Uganda, la más reciente en una serie de conversaciones de paz — ninguna exitosa hasta ahora — se renudó la semana pasada, en un esfuerzo por poner fin a un reino de terror en las áreas rurales por parte del Ejército de Resistencia del Señor. Ese grupo se formó a fines de los años 90 en nombre de la minoría acholi oprimida, pero pronto degeneró en una pandilla callejera que vive en la selva con armas de tipo militar y novias de 13 años de edad. Sus filas están llenas de muchachos a los que les han lavado el cerebro para quemar chozar y matar a golpes a bebés recién nacidos.

Africa no inventó al soldado menor de edad moderno. Los nazis reclutaron adolescentes cuando se sintieron desesperados. También Irán, que dio a niños de 12 a 16 años llaves para el cielo de plástico para que se las colgaran alrededor del cuello mientras limpiaban minas terrestres durante la Guerra Iran-Irak. Adolescentes han combatido en guerras nacionalistas o con propósitos religiosos en Kosovo, los territorios palestinos y Afganistán.

Pero aquí, en Africa, los movimientos armados que sobreviven con niños de apenas 9 años han adquirido un caracter especial, nutridos por crisis del poder estatal o de la ideología. Muchos de estos movimientos giran en torno a la codicina, el poder y la brutalidad, sin esforzarse por tener excusas para ello.

“Quizá haya habido un poco de retórica al principio”, dijo Ishmael Beah, ex niño soldado en Sierra Leona y autor del éxito de librerías “A Long Way Gone: Memoirs of a Boy Soldier” (Un Largo Camino Recorrido: Biografía de un Niño Soldado). “Pero la ideología se pierde rápidamente. Y luego sólo se vuelve derramamiento de sangre, una forma de que los comandantes saqueen, una guerra de locura”.

Neil Boothby, profesor de la Universidad de Columbia que ha trabajado con niños soldados en todo el mundo, dijo que esta nueva generación de movimientos carecía de las características asociadas con las insurgencias ganadoras de antaño: un líder carismático e inteligente, vocabulario persuasivo, el objetivo de tomar las ciudades.

El líder rebelde típico que está surgiendo hoy quiere más que todo operar su empresa criminal en lo profundo de la maleza. “Son personas brutalmente bestiales que no quieren gobernar políticamente y no tienen una estrategia para ganar una guerra”, dijo Boothby.

Este es un cambio marcado respecto de los movimientos de liberación de los años 70 y 80 y los conflictos motivados por una causa que les siguieron; por ejemplo, aquellos en Zimbabwe y Eritrea. Incluso el genocidio de Ruanda siguió algunos patrones similares: Siguió siendo una contienda, aunque espantosa, por el poder político entre dos grupos étnicos. Y los niños, en general, eran las víctimas de las atrocidades de los adultos, en vez de que fuera al revés. William Reno, científico político de la Universidad del Noroeste que estudia los movimientos armados, dijo: “Si uno se remonta 30 años a cómo se combatían las guerras en Africa, eran movimientos de liberación: para liberar a sus países del apartheid o del régimen colonial. Tenían que echar mano de la ayuda soviética o la ayuda estadounidense, y las superpotencias querían ver un estado, una visión del futuro”.

“La gente que terminó haciendo el bien”, dijo, “fueron los ideólogos con educación universitaria”.

Sus planes quizá eran soñadores. Pero, al menos, tenían planes.

“Vimos mucho de eso en los años 80”, dijo Chester Crocker, quien era secretario de estado asistente para Africa en el gobierno de Ronald Reagan de 1981 a 1989. “Por razones de mercadotecnia, los líderes se envolvían con ideas”.

“Por supuesto”, añadió, “siempre lo vimos con suspicacia”.

Esta charada terminó con la Guerra Fría. Los estados débiles que habían sido apuntalados por la ayuda extranjera y la asistencia militar externa rápidamente colapsaron. Y los países del bloque oriental que habían estado produciendo Kalashnikovs para el ejército soviético tuvieron que encontrar nuevos mercados. Africa, con sus cielos sin patrullar y costas interminables, sus minas de oro y de diamantes y sus economías de libre flujo de efectivo, resultó atractiva.

El resultado, dijo Reno, fue que el paisaje político se abrió a los oportunidas bien armados, ya no molestados por regulaciones estatales, la seguridad estatal o los principios morales. “Cuando ya no existe esa gran barrera”, dijo, “todas estas cosas extrañas empiezan a suceder”.

Como el uso de niños soldados, que a menudo son atraídos hacia estos movimientos, o mantenidos ahí, con magia y superstición.

En muchos movimientos armados, a los niños se les enseña que la vida y la muerte depende del espíritu, que son conjutados por sus comandantes y destilados en aceites y amuletos. La magia puede llevar a los niños a hacer cosas innombrables. También confiere a líderes deslustrados de un recubrimiento de respetabilidad sobrenatural. “Los comandantes usaban ciertas perlas y decían que las armas no podían herirnos”, recordó Beah. “Y lo creíamos”.

La Renamo, el ejército rebelde respaldado por Sudáfrica que aterrorizó a Mozambique en los años 80 mientras trataba de desestabilizar al gobierno marxista, estuvo entre los primeros en recurrir a la magia; dieron un papel especial a los médicos brujo, a quienes los marxistas habían marginado.

Para cuando los grupos en Congo llevaron esa técnica a sus profundidades más bajas a fines de los años 90 — algunos niños soldados eran instruidos de que se comieran a sus víctimas para hacerse más fuertes — el mundo empezó a poner atención. Activistas lograron poner el tema de los niños soldados en la agenda de Naciones Unidas y aprobar protocolos que pedían que la edad de los combatientes fuera de al menos 18 años (Estados Unidos y Gran Bretaña están entre los países que se han negado a firmar).

Pero los grupos armados renegados siguen siendo un obstáculo. Conforme la anarquía se extiende, ellos también lo hacen, de entre la maleza a las barriadas en áreas urbanas, donde los movimientos violentos casi religiosos parecen estar echando raíces.

“Es ridículo apelar a los derechos humanos con estos grupos porque están muy lejos en el extremo criminal del espectro”, dijo Victoria Forbes Adam, directora de la Coalición para Detener el Uso de Niños Soldados, con sede en Londres.

Apenas este mes, en una barriada cerca de Nairobi, la capital de Kenia, ejecutadores de un grupo llamado Mungiki — esencialmente una pandilla callejera que usa elementos adolescentes — macheteó a varios oponentes en un esfuerzo por controlar el negocio de los minibuses. Fiel a las formas, su líder a dicho a sus jóvenes macheteros que él descendió a la tierra en una bola de estrellas.