El batey, aunque sea, un solo día, una sola vez…

AMPARO CHANTADA
Todos los dominicanos deberían haber pisado un solo día, aunque sea una sola vez en su vida, una calle polvorosa rodeada de casas destartaladas, llenas de gente buena y sencilla, de un batey. Sin proponerse cambiar esa realidad bien dura, sin querer levantar ese muro de silencio y de olvido que todo político conoce, sin culpabilizar tampoco frente a la impotencia, sencillamente conocer un batey por ser un lugar de la geografía dominicana, un lugar que no es, como todos los otros.

Un batey es un asentamiento humano, compuesto por hombres y mujeres, que mantenían una relación estrecha con la caña de azúcar, relación tan estrecha, que casi todos los bateyes se sitúan, al margen del campo de caña o al encuentro de dos caminos que serpentean en el cañaveral y que frecuentemente llaman Duarte con Sánchez o con Mella, así de patrióticos son ellos, que bautizan sus caminos con nombres de la Patria.

Entre polvo, sol aplastante y brisas suaves, esos trabajadores que algunos ni quieren mencionar y quisieran borrar de su pobre memoria, se agruparon y formaron el batey. Con sueldos de miseria, gravados por las compras necesarias, el batey era al final de cuenta, el descanso, al final del día. Entre pobres, grandes solidaridades y si muchos morían, muchos nacían. El batey fue algo parecido a un campo de concentración de obreros donde Marx hubiera comprobado la extraordinaria explotación a la cual fue sometida esa fuerza de trabajo, no esclava pero casi. Quizás, por sentimientos de culpa, pocos lo estudiaron. El batey era después de un día terrible y duro de trabajo, el lugar donde se curaban las heridas y se reponían los huesos torcidos de esos rostros morenos. Era el reposo merecido después de las quemaduras del sol y las amarguras del trabajador, por eso tanto fervor en esas comparsas del gagá, deseando conjurar los demonios de tantas maldades.

Haitianos, por cierto mezclados con dominicanos de poca suerte, pero a los dominicanos nunca les gustó cortar caña, atrás se quedó la memoria de esos días del Trapiche de Nigua, del Ingenio Diego Caballero, donde negros y blancos tuvieron una vez que compartir esas labores. Dominicanos algunos, fueron de esos pocos obreros industriales que tuvo el país, pero más que todo, haitianos que vinieron, que sabían cortar caña por la dura vivencia del pasado colonial, pero haitianos que se quedaron, hoy los bateyes son llenos de dominicanos al fin. Que guste o no guste, así es.

Construyeron la base económica de la República y gracias a ellos y a la caña se conoció el Ingenio Rió Haina como el más grande ingenio del mundo en su tiempo.

Estos tiempos pasaron, por suerte, los campos de caña se vendieron y los que compraron llegaron con sus máquinas cortadoras, ya no necesitan braceros. Los inmensos espacios sembrados hoy los recortan las maquinas que sustituyeron a los braceros y los dejaron sin trabajo. Entonces hay que huir, hay que dejar atrás esos campos infernales que no agradecen.

Lo que llamamos batey hoy, es reminiscencias de un tiempo donde las familias vivían del trabajo, duro, pero que mantenía la familia. Los bateyes de hoy, no mantienen familias, allá sobreviven en condiciones miserables por las penurias y las privaciones. Echa días, labriegos de vez en cuando, son los oficios mal compartidos por los hombres mientras las mujeres se quejan porque el dinero no rinde, qué son 150 pesos por un día de trabajo y que se hace con eso…porque el Gobierno nos abandona, porque vienen a vernos cada cuatro años nada más…Y allí las quejas interminables de valientes mujeres que acompañan a sus proles en escuelas que carecen de todo: no pizarras y nada de butacas, el desayuno escolar se tendría que dar cinco veces al día, para compensar el hambre atrasado de niños esqueléticos, de piernas estiradas y coyunturas sobresalientes.

Las viviendas no merecen ese nombre y las letrinas suspendidas en los aires parecen centinelas airosas, revestidas de telas vaporosas que guindan como la pobre bandera dominicana, rota por el mal tiempo. Todo eso nos dice mucho del ingenio humano, las letrinas son suspendidas arriba de bloques porque el agua brota, los campos de caña son húmedos y atravesados por rigolas de aguas negras y contaminadas, donde niños y niñas lavan su ropa, se bañan y olvidan el calor asfixiante.

Caminos son las calles, piedras y perros son sus habituales escollos, ni pensar en sombra, por allí no crecen ni los árboles y cuando lo hacen parecen enormes sombrillas donde se recuestan los hombres sin trabajo y la juventud resignada.

Hoy en los bateyes de Algodón y Altagracia todo se compra, nada se intercambia, agua, luz, casa, habitaciones, todo agudiza la crisis en que viven. Reconversión es el nombre, todos los bateyes están en un proceso de reconversión y hay que ayudarlos en hacerlo rápido, no pueden seguir esos cementerios de gente joven, como en el ex batey Gautier, hoy Villa Gautier. Reconvertirse en una nueva realidad, así deben hacerlo batey Algodón, Altagracia en Barahona y ni hablar del Batey Enriquillo, allá en Sabana Grande de Boyá, donde no deja de acudir gente de adentro, porque adentro, más adentro, la situación es insostenible, peor de lo que uno pudo ver, por eso los bateyes de afuera, de las orillas parecen ser refugios de paz y de salvación.

No dejen de ver una vez en su vida la realidad de los bateyes, comprenderán porque jamás se puede olvidar esos rostros de dignidad, de hombres y mujeres que esperan días mejores, porque han dejado su juventud en esos campos verdes y ondulantes que llamamos cañaverales.

Los bateyes son más que un objeto de estudio de la sociología dominicana, son propios de la geografía humana y por ende, esperan de nosotros propuestas para su reconversión y su inserción en una nueva realidad urbana de Dominicana. Pero mas allá del estudio, nuestro corazón se quedó allá y de ahora en adelante, te llamaremos Villa…