El big bang dominicano

FABIO RAFAEL FIALLO
La situación de la República Dominicana a raíz de la muerte del tirano me hace pensar en la famosa teoría de la astronomía conocida con el nombre de big bang (la gran explosión). Guardando las proporciones, por supuesto. Según dicha teoría, en los orígenes del universo toda la energía estaba concentrada en un espacio ínfimo, prácticamente nulo; en términos científicos, esto significa que en el inicio del universo todo era energía mientras que la materia no existía aún.

Sobreviene una enorme explosión de esa energía concentrada (el big bang); las fuerzas se desatan entonces y comienza a expandirse la materia así creada. A partir de ese momento las constelaciones se van formando y se alejan las unas de las otras a una velocidad vertiginosa. En un momento dado, se forma nuestro sistema solar, con nueve planetas girando alrededor de la estrella que llamamos sol.

Ahora bien, a partir del momento en que la gran explosión tiene lugar y la materia comienza a expandir, el universo toma una forma determinada y un giro específico. Un ejemplo, referente a nuestro sistema solar, servirá para ilustrar lo que quiero decir aquí. Los planetas giran alrededor de sus ejes respectivos en una dirección particular: en cada uno de los planetas el sol sale por el mismo lado y se pone por el opuesto. Y esto es así porque desde antes de la formación del sistema solar, la gran explosión ocurrió en un sentido determinado. Nada hubiera impedido en principio que el big bang diese lugar a que los planetas giren en el sentido contrario al que lo hacen; el sol habría podido perfectamente salir al oeste y desaparecer al este. Pero ese no es el caso, y no lo será por la simple y llana razón que la forma específica en que se operó la gran explosión predeterminó para siempre el sentido del movimiento de los astros. Lo expuesto es tan sólo un ejemplo de un fenómeno general: la gran explosión engendró (podría decirse, escogió) uno entre todos los universos posibles, eliminando definitivamente de esta forma todos los demás. Se puede por consiguiente concluir que en un sinnúmero de aspectos, la suerte del universo estaba echada tan pronto como se produjo el big bang.

Retornemos ahora a nuestro microcosmo dominicano. En la República Dominicana no tuvo lugar una gran explosión astronómica, pero sí un gran viraje político. No se sabe con certeza cuánto tiempo duró aquel remotísimo big bang de que nos habla la astronomía, pero, en todo caso, el gran viraje en un país ocurrió durante el año y medio que siguió al ajusticiamiento del tirano. A diferencia del big bang, ahí no se trató de materia y energía, sino de ensueño y realidad. En ese hito de nuestra historia el ensueño nos guiaba a todos, acaparando nuestro vivir, tanto más cuanto que la realidad, estaba apenas en estado de gestación. Me explico. Nuestro país existía sin duda concretamente: nuestras ciudades y campos no habían desaparecido, como tampoco nuestras costas y montañas; sobre todo, se erguía un pueblo gallardo que tenía que vérselas día tras día con una miseria y unas condiciones de vida desastrosas. No es menos cierto, sin embargo, que la realidad, en particular la realidad política en que habíamos vivido durante treinta y un largos años, esa realidad, repito, parecía en ese entonces superable. Y la nueva realidad, substituta de la antigua, estaba todavía por nacer. En ese sentido, así como no había materia al inicio del universo, en la República Dominicana de fines del 61 no contaba la realidad. En ensueño, ése sí, ocupaba totalmente el universo dominicano -como lo había hecho la energía en los comienzos del universo sideral-. En resumidas cuentas, el pueblo se había arrogado el derecho de soñar, de trascender la realidad inmediata, lamentable, para prever un porvenir sin lugar a dudas mejor. Quería decidir su futuro, primero imaginándolo, para concretarlo a continuación. En nuestro país llegó a tener pertinencia la conocida frase de Azorín, escritor español de principios del siglo XX: “La realidad no importa; lo que importa es nuestro ensueño”.

Recuerdo a este respecto el matiz que tomó la calle El Conde, calle legendaria, que se convirtió en uno de los bastiones de la contestación antitrujillista. Las aceras rebosaban de gente parada en cada esquina, otros se cruzaban en sus idas y venidas, sabiendo que compartían la misma sed de libertad y de renovación política, dispuestos a tomar parte en cualquier manifestación que pudiese brotar espontáneamente en contra del régimen de Ramfis Trujillo y Balaguer. Los cafés no se vaciaban prácticamente durante todo el día, tampoco al caer la noche. Los últimos en llegar encontraban con dificultad una silla libre para sentarse a una mesa de amigos. Y la calle El Conde no era una excepción: lo mismo ocurría en otras calles de la capital y de las ciudades de las provincias, así como en los campos del país.

Sueños de treinta y un años de vida amordazada. Rumiados en secreto, enquistados en el silencio por temor a la represión. Sueños de acabar con atropellos, abusos y torturas. Sueños de una clase media, testigo asqueado del ultraje de sus valores, que había pagado un alto precio, en términos de encarcelamientos, asesinatos y torturas, por su reticencia a transigir. Sueños de una clase obrera, portaestandarte de la revuelta del año 1946, que sorprendió por su arrojo y espíritu de movilización. Sueños de un campesinado, que podía exigir al fin una retribución justa a su esfuerzo y su sudor. Sueños también de una burguesía, a la que la codicia megalómana del tirano había impedido prosperar. Sueños, sobre todo, de una juventud irreducible, que ignoraba el egoísmo, o mejor aún, que conociendo la existencia de éste, lo rechazaba y combatía en nombre de la solidaridad. Sueños que divergían sin duda en cuanto a los medios de convertirse en realidad: democracia liberal, doctrina social de la Iglesia, social democracia, revolución de tipo castrista y dictadura del proletariado competían entre sí con ardor por ganarse el favor de la población. Pero trascendiendo esas divergencias antagónicas, o por lo menos dejándolas de lado, nos unían en comunión el mismo ensueño, la misma esperanza, la misma determinación, de crear la nueva realidad dominicana, un Santo Domingo mejor.

A decir verdad, no todos soñaban esperanzados. A un grupo de dominicanos los que se habían corrompido a lo largo de la dictadura trujillista, les dio por sufrir de pesadillas, lo que al fin y al cabo es una forma como cualquier otra soñar. Llegada la noche, les atormentaba el espectro de deber comparecer un día ante la justicia del país por los crímenes y delitos que ellos habían contribuido a perpetrar durante los aciagos años. Algunos se imaginaban en la cárcel, los otros, desposeídos de fortunas mal habidas. Todos evitaban ser vistos en público, y hubo quienes partieron al extranjero aguardando que pasara el vendaval. Aunque no fuesen muchos, ellos eran poderosos.

En ese momento en que una nueva realidad debía cobrar forma, a la hora del big bang dominicano, dos mundos alternativos se perfilaban en el espacio de las posibilidades, encarnados en los eslóganes que en ese entonces rivalizaban por llevar la voz cantante en el país. Uno era el “Basta ya” de Viriato Fiallo, mi abuelo, que reclamaba echar a los cómplices del trujillato fuera del templo de la República y, por ende, permitir a la justicia dominicana efectuar su trabajo reparador. Viriato Fiallo hacia una distinción neta entre esos cómplices, por una parte, y la inmensa mayoría del pueblo dominicano, por la otra, una mayoría que no hizo sino soportar el yugo de la tiranía y que él llamaba “noble y sufrido pueblo dominicano”. El otro eslogan era el “Borrón y cuenta nueva” de Juan Bosch, quien, arguyendo que “los trujillistas habían desaparecido con Trujillo”, proponía que se dejasen a u lado las pesquisas sobre los cómplices eventuales del régimen, procurándose por ese medio el voto, y sobre todo el apoyo político, de los poderosos trujillistas.

Y ese proceso, en que el “Borrón y cuenta nueva” de Juan Bosch se oponía al “Basta ya” de Viriato Fiallo, constituye uno de los temas capitales de mi libro Final de ensueño en Santo Domingo, que acaba de salir a la luz pública en nuestra país. En un próximo artículo trataré cuáles fueron las implicaciones de dicho dilema y del cauce que la República Dominicana tomó a partir de ese momento.