EL BUZÓN

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Señor director:
Como todas las mañanas, me levanto tempranito a recoger mi periódico, y cada vez mi sorpresa se agiganta  ante las marcadas actividades trujillistas que se están produciendo en nuestro país, y veo cómo van tomando espacios en las estanterías de las librerías los títulos con un contenido que, lejos de expresar arrepentimiento por la directa colaboración de estos esbirros autores, que solo tratan de justificar participación y responsabilidad directa en crímenes, torturas y prisiones que sufrió este pueblo durante la sangrienta era del tirano.

Pertenezco a un último grupo de jóvenes de 16 y 17 años de edad, recién ingresados al primer teórico de la escuela normal José Joaquín Pérez, de la ciudad de San Pedro de Macorís, que quedó marcado para siempre desde el 7 de marzo del 1961, siendo mis compañeros los ya desaparecidos Ramón Canto Sosa (Moncho), los hermanos Nivar Uribe, Rafael Ramírez Báez (Nito) y Rafael Jiménez Maxwell, quedando hoy como testigos de aquel funesto día José Arturo Rosario (España), Manuel Martínez, Nelson Marrero (subdirector de este prestigioso medio) y quien suscribe estas apenadas notas).

Habíamos intentado hacerle una misa a las hermanas Mirabal, contando con la colaboración de algunos de los estudiantes, pero esta actividad fue delatada; luego surgió la actividad clandestina de regar panfletos antitrujillistas, hasta aquel doloroso 7 de marzo de 1961 hacia el mediodía. En plena clase de Geografía se presentaron los miembros del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y limpiaron el aula, yendo a parar al centro de torturas ‘La 40’ Moncho, España, Manuel Martínez y los hermanos Paso y Dingo Nivar Uribe, quienes sufrieron sobre sus debiluchos cuerpos las diferentes torturas que se aplicaban, para luego recibir la furia de un juez, quien los condenó a cinco años de prisión; el resto corrimos mejor suerte.

Pero hoy también siento terror como aquel 7 de marzo de 1961, al ver cómo es violada la Ley No. 5880 del tres de mayo del año 1962, que prohíbe toda actividad trujillista en el país, al ser premiada por la Secretaría de Cultura, con fondos públicos que todos aportamos, la hija del asesino Ramfis Trujillo.

Hoy quiero llamar la atención del licenciado José Rafael Lantigua, Secretario de Estado de Cultura, que  por respeto a todos los caídos durante la era sangrienta, con la sangre aún fresca de los que fueron asesinados por el propio Ramfis Trujillo en la Hacienda María, el 19 de noviembre de 1961, ofrezca a este pueblo con motivo de un aniversario más de aquel glorioso 30 de Mayo, y rectifique y recoja ese mal asignado premio; permitiendo  que esa dama empaque sus motetes y retorne a su escondite en la cueva del sátrapa, donde de seguro disfrutará de los dulces recuerdos de su tierno abuelito.

Atentamente,

Chuchy González