El cambio socioeconómico

http://hoy.com.do/image/article/35/460x390/0/C26E30BF-BDDF-4CAC-9005-08ABEC8079E8.jpeg

JOSÉ LUIS ALEMÁN SJ
Leyendo el famoso, pero poco leído Manual de Economía Política de Pareto y tratándome de explicar muchos cambios potenciales de nuestra economía -relativa apertura del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, éxitos y fracasos de la reforma impositiva, potencial desmantelamiento parcial de subsidios a la electricidad y al gas, posible venta de empresas estatales particularmente del Banco de Reservas y de la CDEE, des- conocimiento de leyes sobre la carrera administrativa, etc., etc. -vuelvo a confirmarme en que la economía real no es explicable sin considerar explícitamente los grupos de poder.

Poder social significa para mí en este contexto, capacidad para imponer los intereses de grupos sociales a toda la sociedad aún en contra de la resistencia de otros grupos.

1. LOS GRUPOS DE PODER. TAXONOMÍA

Ninguna sociedad humana es homogénea: las personas no somos iguales ni siquiera ante la Ley: una cosa es el ideal de igualdad, fraternidad y legalidad y otra la realidad. Tampoco son  iguales su dedicación, convicción, esfuerzo o coraje dentro de sus grupos, sean dirigentes o miembros. Menos iguales aún son los grupos sociales por riqueza, religión, clase o prestigio.

       En este cuadro hay que distinguir con Pareto al más alto nivel de abstracción social un abigarrado grupo que domina más o menos firmemente el poder  -las élites sean económicas, religiosas, militares o partidistas- por una parte, y los dominados, por otra parte.

 No sólo existen élites y dominados, sino diferencias masivas entre sus representantes en lo que se refiere a la lucha por el poder. También se aprecian “indiferentes”.

        Una fracción de la élite dominadora lucha con energía e inteligencia   para mantener y aumentar su cuota de poder, pero la mayor parte de sus miembros se comporta pasiva e indolentemente sin luchar y hasta concediendo a los dominados parte apreciable de sus aspiraciones, si de este modo logran conservar sus privilegios. Pareto califica de “humanistas degenerados” a estos últimos. 

       De forma similar, los dominados se subdividen en dirigentes activos y en una masa de trepadores ambiciosos que traicionan los intereses de la masa popular y son susceptibles de conquista por las élites dominantes.

     Además de las élites y de los dominados, se encuentra en toda sociedad la masa de personas que a ratos se comporta como élite o como oposición. No niego que  tiendo a identificar este ambiguo sector de la población con la “clase media”, los “muertos” en terminología de Héctor Incháustegui Cabral, que salvo en períodos de elecciones o de decisiones políticas que afectan o cuestionan  seriamente su bienestar, parecen y son indiferentes ante la lucha social y que, cuando entran en ella, se limitan al uso de los medios de comunicación social y a condenas moralizantes de salón o de boutiques.

2. ESTRATEGIA DE LOS GRUPOS SOCIALES

Obviamente los grupos sociales élites y dominados actúan como mutuamente adversarios y hasta como enemigos.

2.1  Los dirigentes activos de las élites quieren hacer creer al pueblo y a la opinión pública, que trabajan para el bien común cuando en  realidad buscan sus intereses de grupo. Para ese fin se concentran, no en los valores objetivos de sus propuestas, sino en aupar intereses y sentimientos patrióticos, religiosos o morales en los dominados con la esperanza de que los sigan.

    Aunque estos sentimientos son importantísimos, las élites saben muy bien que  los seres humanos necesitan una  teoría racional que haga aparecer sus actividades como lógicas y necesarias: eficiencia del mercado y del sector privado junto a ineficiencias máximas del sector público, corrupción  mayúscula e incapacidad para diseñar políticas exitosas de los Gobiernos; conveniencia social del libre comercio y de movimientos de capital financiero; prioridad del esfuerzo personal sobre el colectivo, etc. Lo mismo vale para las clases bajas.

Proudhon, con la explicación  de la propiedad individual en base al robo (creencia compartida nada menos que por Stuart Mills,  campeón liberal de la segunda mitad  del siglo XIX) y Marx con su socialismo científico, lo testimonian.

     Destinatarios de su actividad son también los “indiferentes” para que asuman  una neutralidad benévola en la lucha social, pues adivinan que normalmente no consentirían promover los intereses de las élites. Su actividad se dirige también a los oportunistas de las clases “bajas”.

    En última instancia, las élites tratan así de potencializar su fuerza contra  los dirigentes radicales populares con quienes están en  lucha más o menos abierta, dependiendo de las circunstancias. Aunque disuene me parece que el uso de la fuerza es elemento básico de toda organización social.

2.2 La estrategia preferida por los dirigentes populares, a diferencia de la de las élites,  prefiere la lucha sin tapujos ni disimulos por la obtención de políticas que beneficien realmente a las masas, pero sin proclamar sus intenciones de suplantar a las élites actuales. Una abierta declaración, no de la reforma sino del cambio de la estructura social, imposición de nuevas  élites, los dejaría sin apoyo de indiferentes y  “degenerados” de su propio estrato; sería, dice Pareto, aceptar la derrota antes del combate.

      Los dirigentes populares probablemente no profesan las mismas creencias que las “masas”. Mientras que éstas sueñan  con una nueva tierra que provendrá del colectivismo, los dirigentes han aprendido, a través de la administración de sus propias organizaciones o de oficinas públicas, que lo mejor es enemigo de lo bueno y promueven por eso reformas sociales inmediatas. Ni el sindicalismo ni los partidos radicales han traicionado necesariamente a las masas; creen solamente que la vía para suplantar las élites es mucho más difícil que lo que se imaginan  las masas. Creencia, dicho sea de paso, muy útil a los dirigentes.

2.3 Pareto señala agudamente que de esta manera, las democracias que han tenido éxito al conceder ventajas apreciables a las clases dominadas, dan la impresión de que el poder está en el pueblo cuando realmente el poder sigue perteneciendo a la misma élite de antaño. GallbraIth opina lo mismo para los Estados Unidos de fines del siglo XX: las clases medias votan por un sistema que les permite limitadas, pero apreciables  mejoras de bienestar. El equilibrio resultante es con todo frágil e inestable.

3. ¿EQUILIBRIO?

      En  páginas elocuentes, Pareto, un futuro asesor del fascismo de Mussolini que tanto lo atrajo por su original mezcla de populismo social, resentimiento contra las oligarquías, nacionalismo y concentración del poder estatal, saca sus conclusiones:

a) el cambio social es resultado de la prolongada lucha de grupos sociales empeñados en la toma del poder para imponerse ellos mismos. El cambio es circulación de élites;

b) el aparente equilibrio de gobiernos democráticos modernos se basa en el supuesto de que, a medida que bajamos en la escala de grupos sociales, mayor es la resistencia a otros objetivos que no sean sus más inmediatos intereses. Así gobernó Roma casi un milenio;

c) pero las masas acaban por entender mejor cuáles son sus propios intereses y se rebelan contra las élites que los explotaron;

d) la historia nos habla de una interminable sucesión de élites distintas en Inglaterra. Generalizando tendríamos la sustitución de partidos conservadores y nacionalistas por partidos liberales, de estos por socialistas radicales, de éstos por partidos demosocialistas  y de ellos, otra vez, por partidos nacionalistas conservadores o algunas veces hasta por dictaduras;

e) los ciclos de poder de una élite  son desiguales en el tiempo y de variada amplitud, pero a la larga, la circulación de poder es repetitiva: en lugar de ciclos políticos hablemos de circulación de las élites;

f) La historia enseña que ninguna clase social puede poseer por largo tiempo el poder, si carece de la fuerza y del coraje  para defenderlo;

g) para comprender  a fondo las transformaciones por las que pasa el poder del Estado, tenemos que analizar su composición. Para Sorel, a quien Pareto sigue por una vez, el Estado “es un cuerpo de intelectuales investido de privilegios y de los medios políticos para defenderse de los ataques de otros intelectuales ávidos de gozar de los beneficios de los puestos públicos. Los partidos se organizan con el objetivo de conquistar esos cargos y son análogos al Estado. La tesis de Marx en el Manifiesto se puede expresar así: hasta ahora todos los movimientos sociales han sido promovidos por minorías en beneficio de minorías. Podemos afirmar que nuestras crisis políticas todas consisten en el reemplazo de unos intelectuales por otros. No es posible formular mejor lo que está sucediendo en nuestras sociedades”.

h) En última instancia dos son los principales determinantes de esa circulación de las élites: los cambios tecnológicos y los ideológicos, frutos éstos del agotamiento del coraje  de las élites dominantes y de la pasividad política de la mayor parte de sus miembros.

Se me acabó el espacio. Resta aterrizar la estructura paretiana a nuestra realidad.