El camino a Dios

SAMUEL SANTANA
Es lamentable que el hombre no haya podido corresponder al gran sacrificio que Cristo hizo en la cruenta cruz del Calvario por la humanidad. Pero me arriesgo a decir algo profundo. La mayoría de las personas que no prestan mucha atención al Hijo de Dios no es porque desean vivir así. La gran verdad es que no han podido encontrar la forma de hacerlo. Y esto a pesar de la existencia de tantas iglesias y de tantos predicadores de la Palabra.

Sabes que el principal obstáculo es la misma religión. Hay gente para las cuales la iglesia es un lugar que infunde temor. En lugar de escuchar una palabra de aliento, de amor, paz y sosiego, con lo que se encuentran es con un mensaje de juicio, de castigo y de condena. Le hacen percibir a cualquiera el olor nauseabundo del infierno y la severidad de un Dios que está al acecho de nuestros errores para hacernos pedazos. No es algo nuevo.

Hombres de la talla de Martín Lutero y San Agustín tuvieron que sufrir mucho para llegar a conocer a un Dios de amor y a un Jesús salvador.

Lutero fue prisionero de lo que se le llama en psicología la perfección neurótica. El deseaba cumplir la voluntad de Dios en su vida, pero sentía que era tanto lo que la divinidad le exigía que mientras más lo intentaba mayores eran los errores. Aplicó a su cuerpo todos los métodos sacrificiales aprendido en el seno de la Iglesia, incluyendo la flagelación. Sus fracasos espirituales le producían depresiones tan profundas que hasta al alma llegaba el dolor.

San Agustín reconoció, también, de sus luchas espirituales dolorosas en su obra Las Confesiones de San Agustín. En esta obra él describe sus luchas por encontrar y conocer al Dios perdonador.

La psicología moderna registra cantidades de casos de personas que sufren de depresión y de frustraciones en sus vidas y cuyo origen es un deseo sincero de agradar a Dios, a la iglesia o las pautas de algún líder religioso (muchos de los cuales reproducen la ignorancia sobre el Dios que predican y la clave real para la salvación. Lo peor puede ser el deseo de control sobre personas que sanamente quieren encontrar la forma de vivir para Dios).

Establecer una relación con Jesús y vivir para Dios es algo sencillo. Lo primero que hay que decir es que la salvación es gratuita. No tenemos que pagar ni hacer nada para obtenerla. Jesús lo hizo todo en la cruz del Calvario. Nuestra relación con Dios empieza apropiándonos de lo que él ya hizo.

Somos pecadores, pero al aceptar a Jesús nuestras faltas son perdonadas porque Dios nos atribuye la justicia de la cruz. Un manto de gracia nos cubre con la justicia divina, la cuenta se cancela, el perdón es otorgado y somos hechos libres de toda condenación.

El hombre está conformado por cuerpo, alma y espíritu. Tan pronto abrimos la puerta del corazón a Jesús, ocurre un gran milagro: nuestro espíritu cobra vida y la vida de Dios empieza a manifestarse en nosotros. Es cierto que vivimos con muchas fallas y debilidades, pero esto no evita que Dios nos siga amando y que mantengamos la relación de Padre e hijo.

Nuestra tarea es alimentar todos los días la vida espiritual con las cosas de Dios y con los actos que reflejen su carácter y naturaleza.

Debemos vivir conscientes de que somos hijos de Dios y de que él nos ayudará en todo. Cuando cometemos un error, él nos perdona y nos motiva a levantarnos y a seguir adelante. Si encuentras una iglesia y a un líder religioso que te hace comprender esto, entonces habrá llegado a la comunidad de los santos según la voluntad de Dios. Únete a ellos y enseña a los demás el camino..