El candado al revés

Federico Henriquez Grateraux

–Mucho gusto en conocerle; mi nombre es Amancio Tizol. Soy corredor de bienes raíces; trabajo para una empresa que compra y vende casas. El jefe de mi oficina me ha encargado negociar la casa de la viuda Edelmira Zaphiro, en este ensanche; la he visitado varias veces para arreglar los papeles, discutir el precio, poner fecha para entregar la propiedad. –Entre y siéntese. Tizol miró a la Barbosa directamente a la cara. –¿Dígame, señora, por qué tiene usted un candado del lado adentro de la puerta? –Para defenderme de los ladrones y atracadores; tendrían que romper la puerta y para eso hay que hacer mucho ruido.

–Cuando salgo, pongo el candado del lado afuera para proteger la casa; si estoy adentro, también lo pongo; así me libro de las sorpresas de los intrusos. –Señora, he venido a ofrecerle una vivienda mucho mejor que la de la viuda Edelmira, en una zona residencial bien valorada. El gerente de la empresa está dispuesto a comprarla y a realizar la operación con el representante suyo que habló con él, a quien no tengo el gusto de conocer. Pero antes debemos tener la aprobación suya y la de su representante. –¿A quién no le va a gustar una buena casa en una urbanización de lujo? ¿Usted me ve cara de pendeja?

–Hemos tomado en cuenta que cerca de aquí mataron a un hombre a tiros. Quizás a usted le convenga cambiar esta zona por una mejor, donde no haya que poner candados detrás de las puertas. Naturalmente, queremos que consulte antes con su representante personal. Podemos suministrar fotografías de las casas o mostrárselas para que las vea con sus propios ojos. Tizol aprovechó la pausa para examinar los muebles y a la mujer, quien sonreía satisfecha.

–Amancio es un nombre muy bonito. Yo me llamo Dolores y no me duele nada; todos me dicen Lolona. Creo que haremos negocios. Hablaré primero con la persona que inició la cosa. Déjeme una tarjeta con su teléfono. Al sacar la tarjeta vio que Lolona cruzaba las piernas sentada en el borde de un sillón inmenso. Tenía piel canela, zapatillas de bailarina, ojos alagartados, amarillos-verdosos. Al despedirse, notó que su blusa estaba desabotonada.