El carisma de Hatuey

El carisma es el centro de atracción de un individuo, preferentemente artista o político, hermano gemelo de la seducción, y que prevalece por encima de la intelectualidad y la opulencia económica.

El político carismático consigue atraer a las grandes multitudes y a no muy pocos que no lo somos, por la coherencia y naturalidad de sus gestos, por la desenvoltura de sus expresiones que conquistan sin que él mismo se percate.

Es lo que acontece con algunos políticos y no sucede con otros tantos.

El generalísimo Rafael Leonidas Trujillo fue un líder de carisma porque se expresaba con simpleza y por el sugestivo atuendo de uniforme que capturó las sugestiones de las muchedumbres y de no pocos intelectuales.

El doctor Joaquín Balaguer fue un líder carismático que embrujó a todos con su cultura enciclopédica que su memoria paquidérmica desgranó por medio siglo de jalonar político, uno de nuestros más grandes oradores. También el doctor Leonel Fernández con su extensa erudición que forjó una pasión sin vacaciones por la cultura, posee el carisma para arrimarlo a sus propósitos, y su preceptor, Juan Bosch, de magnético atractivo impresionante.

El doctor José Francisco Peña Gómez, El Dantón de Mao, fue un líder extraordinariamente carismático, no así Jacobo Majluta, Miguel Vargas, ni Danilo Medina y sí muchísimo Hipólito Mejía y Hatuey Decamps. El encanto y charmel no se adquieren, sino que son consubstancial a la persona.

En el tradicional encuentro navideño con los comunicadores el ocho del presente mes, Hatuey demostró capacidad de convocatoria, a casa llena, estando abajo, en su hogar, para mayor calor humano, y es por eso que siempre he entendido que nunca debió abandonar a su amado PRD y que sensatísimo sería un retorno en el momento oportuno, no desperdiciar 45 años de trabajo político por no domeñar sus ímpetus, porque fuera del PRD los que se han ido, empezando por Juan Bosch, nunca llegaron a donde originalmente pretendieron.