El caso Julian Assange

El caso de Julian Assange, el ciudadano sueco asilado en la Embajada de Ecuador en Londres desde el 19 de junio último, cobra signos peligrosos que pueden conducir a perjudicar la reputación de Gran Bretaña como garante de los derechos civiles y el derecho internacional.

Julian Assange está acusado por una damisela sueca de violación sexual, denuncia que no se produjo antes de que revelara una cantidad apreciable de documentos de la diplomacia de Estados Unidos, publicada por media docena de periódicos, El País de Madrid, España, uno de ellos.

Con razón, Assange teme que de retornar a su país, Estocolmo lo extradite a los Estados Unidos, donde sería sometido a un proceso judicial viciado, signado por la sevicia y el prurito de establecer un  precedente con una pena excedida y no propia de una persona que ejerció el derecho de información y de expresión, fundamental en una sociedad garante de derechos civiles.

De producirse la segura extradición de Assange, en caso de que el Foreign Office disponga esa medida luego de las fuerzas del orden británicas asaltar la sede diplomática ecuatoriana en The City, conforme amenazó el día l5 de este mes, el imperio jamás podría censurar por reprimir la libertad de expresión a ningún país, empezando por la Rusia de Vladimir Putin, que no es nada fácil,  la China de Ju Jin-tao, Irán del belicoso Mahmud Amadinejad o Corea del Norte de Kin Il Yong.

El presidente Rafael Correa, de Ecuador, concedió ese día 15 el asilo político a Assange, adujendo que su vida correría peligro si es conducido a juicio en Estados Unidos

El caso de Julián Assange  no solamente es una prueba para identificar el respeto de Gran Bretaña por el derecho internacional del asilo en caso de peligrar la vida por motivos políticos de un asilado, sino también la vulnerabilidad por indefensión de los países débiles ante los poderosos, que no sería igual si Assange se hubiese asilado en las misiones diplomáticas de Rusia, Francia, Alemania o China. ¿O sería igual?