El cerebro del macho violento

José Miguel Gómez

Los seres humanos han aprendido a construir nuevos métodos de sobrevivencia. Han mejorado la prevención en salud, la calidad de vida con la nueva nutrición, se ha utilizado la tecnología para prolongar la vida, para diagnóstico temprano y para vivir el confort. La economía, la cultura y la adaptación social nos han ayudado a comprender los nuevos cambios y avances de la nueva civilización.
Los humanos nos adaptamos al confort, a la vida de la gratificación inmediata, al entretenimiento y a todo lo que conquiste nuestra existencia materialista. El cerebro aprende, se enfoca y reacciona a todos los estímulos que, reforzados se convierten en hábitos y en patrones conductuales.
Las civilizaciones pasadas aprendieron del fuego, la lucha y de las modificaciones de su cerebro; pero también, aprendieron y practicaron el altruismo, la solidaridad, el respeto y la afectividad. El cerebro fue evolucionando, aumentando su volumen en la corteza prefrontal para desarrollar las funciones ejecutivas. La dinámica socio-cultural, la convivencia, y la búsqueda de los medios de subsistencia impusieron el colectivismo, el gregarismo y la necesidad del otro, antes que el yo personal.
Sin embargo, el hombre se resiste a desmontar a través del aprendizaje los estereotipos y roles, la discriminación, los prejuicios, mitos y tabúes con los que ha vivido, pero no le han ayudado a desarrollar las habilidades y destrezas, ni la inteligencia emocional para cultivar relaciones afectivas sanas y positivas.
Descontruir todo el sistema de creencias distorsionadas y limitantes que le reforzó, para mal, el patriarcado, el autoritarismo y el paternalismo, le ha sido imposible a cientos de hombres, de una masculinidad hegemónica basada en la fuerza, el músculo, el poder, el control, la sumisión, la victimización y el sentido de propiedad de la mujer. Ese mismo macho violento, reconoce el apego, el vínculo y la valoración por la figura de la madre y de la hija, -(a las que no mata por conflicto)- pero no así de la mujer, a la que desconoce o se torna ambivalente, defectuoso emocionalmente para comprender una relación equitativa, equilibrada, de respeto y de buenos tratos.
Ese cerebro emocional y racional del macho violento se resiste a reaprender nuevas emociones potencializadoras: amor, alegría, afecto, compasión, reciprocidad, bondad, solidaridad, paz, tolerancia y disenso positivo para una existencia armoniosa.
Desmontar o descontruir la cultura machista, pese a que el machismo es una expresión cultural, significando que es aprendido y, si es aprendido, entonces, es modificable, superado, de un nuevo aprendizaje que nos ayuda emocional y psicológicamente hacer diferente, más sano, y más funcional en nuestra estructura psico-sociocultural.
El macho violento no es por locura, ni por droga ni por limitaciones cognitivas, que de suceder siguen siendo la minoría.
El macho violento de los feminicidios es otro; es el del cerebro emocional dañado, por un sistema de creencia distorsionado y legitimado, por una cultura que les refuerza su superioridad, su posesión y su control exagerado, y por su “angustia de separatidad no resuelta” que les lleva hacer violento contra la familia y la mujer.
A esos hombres violentos hay que identificarlos, desde la familia, las parejas, las comunidades para reeducarlos dentro de los modelos de prevención.
A los de conductas altamente peligrosa o potencialmente violentos y, que han tenido episodios de violencia hay que detenerlos y someterlos a estudios, diagnósticos y modelos de rehabilitación psicoemocional.
Pero también, a los machos violentos hay que despojarlos de armas de fuegos y armas blancas. Y, en aquellos casos de reincidencia en la violencia hay que hacerle evaluaciones psicométricas y psicológicas para determinar psicopatologías o trastornos de personalidad, dejarles dentro del sistema carcelario para ponerles tratamientos y acompañamiento de reinserción social.
A ese macho violento hay que identificarlo temprano, establecerle un perfil psicosocial, psicodinámico y psicopatológico; no solo en la pareja, sino en la familia, en el lugar de trabajo, a la institución que pertenece, en el partido, en la iglesia y en la comunidad.
Es activar los sistemas de prevención de forma horizontal y transversal para que no se escape del sistema. Para trabajarle las emociones y los nuevos conceptos sobre la nueva masculinidad positiva. Activada en estos momentos por la vice-presidenta Dra. Margarita Cedeño y varias instituciones que se comprometieron por una cultura de paz y de buenos tratos, de respeto, de cuidado y de no dañar a la que dicen amar. Por una familia sana y unas relaciones de pareja sanas y funcionales.
La masculinidad positiva enseña que amar es cuidar, proteger y valorar es parte de la empatía emocional; la conciencia emocional establece reconocer el significado de la existencia para prolongarla.