El cerebro, la felicidad y el amor

JOSÉ SILIÉ RUIZ
En razón de celebrarse el próximo jueves el “Día de la Amistad y del Amor, cuando aclamamos al “ingenuo” cupido y sus flechazos, del que todos hemos sido víctimas de una u otra manera, hemos cavilado este “conversatorio” con algunas pinceladas sobre los tres elementos del título, lo que sería un calidoscopio sobre el tema del amor, el cerebro y la felicidad.

En una oportunidad le preguntaron al prominente escritor y humanista español, con 101 años Francisco Ayala, qué era la felicidad y respondió con la sabiduría propia que dan los años y los conocimientos: “Es muy difícil dar una receta de la felicidad. Depende de la persona…, la felicidad…, no sé, consiste en hacer lo que uno cree que debe hacer y hacerlo con gusto. Tal vez, tenga que ver con la conexión entre lo exterior e interior. Hay días en que no está uno para nada y días en que cualquier cosita nos sienta bien, es una conexión… casual”.

La más de las veces, se asocia la felicidad al amor, y a su vez de modo automático, se vincula al amor pasional, a estar “ardorosamente” enamorado; claro que hay muchos otros “amores”, el más puro de todos, el filial, y no se admiten dudas al respecto. Pero cómo definimos el amor, en razón de que hay tantas individualidades humanas? Habrá por igual un gran número de definiciones y creemos que son sólo los poetas, quienes tienen la capacidad de “sintetizar” ese sentimiento: ¿Que es el amor? Amor, dijo el poeta susurrando// es la vida del alma// la quimera que nos hace vivir siempre soñando// y nos finge una eterna primavera. Amor, el amante dijo// es lo que siento cuando tengo mis manos entre sus manos// es el cáliz de aroma de su aliento// por el que en todo instante suspiramos. Amor, dijo la novia es el ensueño// el ardoroso encanto// que se siente al saberse muy querida// y murmuras muy quedo// lo amo tanto…

En el mundo científico, no hay hasta hoy una explicación única, que pueda englobar los elementos de herencia, naturaleza y aprendizaje en ese acto de ser feliz. Las irreconciliables posiciones de los que son defensores de la “naturaleza innata” en el humano, posición que defiende que todo viene “predispuesto”, entre los que se encuentran: Emmanuel Kant, Francis Galton, o el austríaco Konrad Lorenz, padre de la etología moderna, que compara nuestros comportamientos con el de los animales o los contradictores en la acera de enfrente. El grupo que defiende que la conducta humana es consecuencia del “aprendizaje y de ciertos condicionamientos ambientales”, o sea que puede variar, que inició con John Locke, luego Pavlov, teniendo estos entre sus preeminentes a Sigmund Freud, que bien sabemos defendió la teoría de que somos producto de nuestros padres y madres, del sexo y de los sueños.

Pero hoy día la modernidad anda más en la genética, y debemos de aceptar que un genoma con 33 genes, sería suficiente para hacer que cada humano naciera como un ser único e irrepetible. Las evidencias, en la actualidad enfatizan que los genes principalmente controlan factores físicos, que tienden estos eventualmente a producir experiencias psíquicas. Por ejemplos: facilidad para los deportes, la apariencia física, parte de la inteligencia etc.; pero el optimismo, el enamoramiento y la felicidad, no se pueden explicar con las evidencias existentes en la actualidad con simple genética.

No creo sentirme en la capacidad de “poetizar” en temas de tan científica organicidad cerebral tales como: el sistema límbico, área prefrontal, núcleo acumbens (considerado el psicostato de la felicidad) tálamo, hipotálamo, amígdalas cerebrales, etc., es decir en todo el andamiaje que sabemos gobierna nuestras sensaciones y emociones, siendo esas “sacudidas” del amor, las que mayor embrollo producen en el Sistema Nervioso, en razón de que nos inicia en una complicada e insuperable cascada de hormonas y neurotransmisores (taquicardia, enrojecimiento, pupilas brillantes, piel de gallina, etc.) Antes le  dábamos primacía a la dopamina, pero hoy sabemos que la serotonina y la adrenalina son más preeminentes en esas manifestaciones del grato “bienestar” del amor que incluyen: ojos, labios, cerebro, nariz, estómago, piel y genitales, que como “órganos diana”, son los que nos delatan cuando estamos disfrutando de la magia del amor y por qué no, de una muy buena amistad. Insistimos, que sólo ellos, los inteligentes bardos, pueden sintetizar esa complejidad orgánica de amar, espiritualizarla y sublimizarla con simples palabras. Del terruño, citamos al luminoso poeta José Mármol: “El amor, es la promesa de un espíritu atrapado en la redes de un cuerpo estremecido”.