El cerebro, la música y las voces para el otoño

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La pasada semana la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD) y el Teatro Nacional hace cuatro noches fueron escenarios de dos soberbios espectáculos de música lírica. Dos noches que yo definiría “excelsas”, de trasfiguración: el “bel canto” convertido en fuente de luces, las ondas sonoras en constelación, la música en memoria grata. El ramaje de los encantadores sonidos escuchados como raíces de un Secuoya gigante entretejió su madeja en mi frondosidad neuronal la que fue estimulada al máximo; la oscura noche fue transmutada en luz celestial para el disfrute pleno del gratificado cerebro, confirmándome que el “éxtasis” tiene muchas variantes.
Estos espectáculos que en mí provocaron alminares transparentes en mi memoria los deseo compartir con mis amables lectores. Soy de opinión que no existe ni música clásica, ni música culta, ni música lírica, solo hay dos clases de música: la buena y la mala. El primer evento tuvo la producción ejecutiva del Dr. Herbert Stern, prominente oftalmólogo, quien hace dos semanas nos había brindado en los mismos salones de la ACRD una cátedra magistral sobre los adelantos tecnológicos de la tecnología tomográfica con luz de uso no solo en la oftalmología, sino en casi todos los campos de la medicina. Glenmer Pérez Mezzo, soprano; Chris Mateo, sopranista; María Francisca Moreno, soprano y el tenor Modesto Acosta en la Academia. La segunda noche, nuestra exquisita soprano Paola González junto a la Sinfónica Nacional dirigida en esta ocasión por el inglés Kenneth Woods (director de la Orquesta Sinfónica Inglesa), crecidos tanto la soprano como la Sinfónica hasta el Olimpo, nos brindaron en la sala Carlos Piantini por igual una ensoñación. A todos ellos mil gracias por las noches de tan bellos arpegios y encantos musicales.
Está demostrado que la música actúa en el cerebro humano estimulando la memoria, la emoción, la inteligencia. El cerebro modificado por la música, se ha explicado que puede aumentar el funcionamiento emocional y cognitivo. En un trabajo publicado en la prestigiosa Nature Neuroscience (enero 2011) dirigido por el doctor Robert Zatorre demostraron por primera vez que la dopamina se libera por la música en dos áreas del cerebro: en primer lugar, en anticipación a un pico musical en el núcleo caudado y durante la experiencia musical máxima en el núcleo acumbens; estas son áreas profundas en el cerebro. Asimismo, es importante resaltar que son sitios claves de las vías de recompensa y placer animal pero que el humano luego lo sublimiza en su corteza de sustancia gris. En otras palabras: la buena música o mejor dicho la que nos gusta de manera individual, nos lleva a remansos cerca de las nubes a flotar en un tiempo sin horas independientemente del género que se trate, pues no le podemos negar el mismo placer al reguetonero, aunque para mí eso no sea música. Es decir, que la dopamina, neurotransmisor asociado a la felicidad y el placer, secretada por la música produce iguales efectos cerebrales como lo producen las acciones de estar enamorado, la buena comida, las relaciones sexuales, obtener dinero y el uso de algunas drogas como la cocaína.
Mientras escuchaba tan hermosas voces interpretando a Mozart, a Albinoni, a Vivaldi a Caccini, etc., cerré mis ojos y volví a “vivir” experiencias pasadas. Volví al Barbican Center de Londres a escuchar a Felicity Lott, exquisita soprano con la Sinfónica de Londres, volví a ver a Renata Tebaldi con la Sinfónica vienesa en el Teatro de la Opera en Viena; volví a oír a Mirella Freni, soprano, y a Carlo Bergonzi, tenor, en un concierto de música gregoriana en la Catedral de San Marcos, en Venecia. Volví al Teatro Colón de Buenos Aires a ver la Aida de Verdi, retorné al Castillo de Edimburgo en Inglaterra a participar de su Festival de Arte. Cuando las bellas voces interpretaron el Summer time del prolífico George Gershwin, volví a oír a Ella Fizgerald en su concierto en el Royal Albert Hall de Londres. Con nuestra Sinfónica Nacional sentí gran “orgullo nacional”, pues esta no tiene nada que envidiar a ninguna de sus iguales que yo conozca. En este otoño, pudo toda esa música lograr una congregación fortuita de reflejos en los vaivenes de mi memoria cual círculo anulado en sus giros, como una congregación fortuita de reflejos. En esta estación otoñal, donde se mecen los follajes y las hojas caen, brotaron en cada una de esas noches jardines de exquisiteces en un Edén de beatitud para uno estallarse en el basalto del placer y darle al cerebro una delectación dopaminérgica.