El cerebro, los  placeres y la felicidad

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JOSÉ A. SILIÉ RUIZ
La pasada semana en nuestro programa de radio por la 97.7 FM, que se transmite los miércoles a las 8 PM con Norín García Hatton, comentábamos un conversatorio que habíamos tenido con el doctor José Juan Castillos, prominente nefrólogo, compañero de las aulas universitarias y de inolvidables vivencias en Londres, durante nuestros años de formación allí. En la oportunidad convenimos en que el paso del tiempo nos hace más exigentes por el buen gusto, concluyendo que el reclamo por el placer máximo es una consecuencia del animal evolucionado.

La neurología afectiva, es una parte nueva de las neurociencias, que se basa en el estudio de la fisiología de las emociones en animales y humanos. Estas investigaciones hechas principalmente con la Resonancia Magnética y el Pet Scan, han arrojado mucha información. Hasta hace unos años las revistas científicas no enfatizaban en lo que hoy se conoce como parte de la definición de calidad de vida, el bienestar personal. Hoy día se hace referencia para definir el bienestar, a esa satisfacción relacionada con el pleno uso de los sentidos en procura del deleite y de la felicidad.

El hombre ha nacido para el placer, eso lo sabemos todos, no hace falta ninguna prueba científica. Esa satisfacción en todos los mamíferos y las bestias está ligada a la actividad de estructuras cerebrales, llamadas de gratificación, el hipotálamo y las regiones límbicas con más precisión. En las investigaciones de la felicidad plena se ha planteado que el hombre tiene un psicostato, que regula el grado de las sensaciones agradables, pero no es tan simple su localización, y participan, no solo la corteza cerebral, sino por igual tálamo, hipotálamo, amígdalas cerebrales, cuerpo calloso y núcleo acumbens. Como vemos no es tan diáfano localizar la complacencia que sentimos con una noche de pasión, una música exquisita, una emocionante lectura, con un sueño gratificante, momentos de dilección en placentera compañía, el disfrute de una obra de arte, una meditación trascendente, con una agradable comida o en excelsa espiritualidad.

A todos los seres vivos nos gusta lo bueno, un ejemplo sencillo, al degustar un exquisito vino, con la textura, el cuerpo, y el sabor de un agradable espirituoso Gran Reserva, no es necesario ni ser enólogo, ni somelier, para sentirnos un verdadero soberano. La percepción gustativa es debida a los cuerpos sápidos, elementos que tienen deleite, un sabor. Sápido viene del latín sapidus; quiere decir “que tiene gusto”. El verbo sapio significa tener gusto y al mismo tiempo y en el sentido figurado, ser sabio, razonable, sensato e inteligente; también es la etimología de sapiens: Homo Sapiens (hombre superior). Debemos aceptar que el paso de los años nos hace cada vez más exigentes, más discriminativos por el buen gusto, no es en vano que la travesía hacia las canas lleva apareada sabiduría y lo más importante un mayor aprecio por las cosas sencillas, de esas como un simple y despejado atardecer de Diciembre.

Pero placer no es necesariamente felicidad, el placer es el conjunto de las sensaciones agradables vinculadas a la satisfacción de nuestras necesidades básicas: alimentación, sexualidad, comodidad, orgullo, gratificaciones íntimas, actividad física. Buscar la felicidad plena en los mondos placeres de la vida sin ninguna espiritualidad, aparte de simple será siempre parcial, con el placer gratificamos los sentidos, con la felicidad gratificamos el alma, y para estar en la modernidad economicista de estos tiempos, definiríamos la felicidad como la “globalización” de un sentimiento que totaliza el máximo bienestar.

Debemos aceptar que los órganos de los sentidos y las estructuras cerebrales mencionadas, están presentes desde el nacimiento. Lo que sí cambia y todos lo podemos hacer, es forzar a que nuestra evolución sea más trascendente hacia el buen gusto, hacia lo elegante y excelso. Agregándole cada día a la vida, la complejidad del pleno disfrute en todo lo que a cada uno de nosotros en particular nos produzca satisfacción y deleite, porque esos momentos de felicidad son individuales, temporales, en ocasiones intangibles y lo peor efímeros y no repetibles, si no los hacemos convicción de vida con exquisitez y espiritualidad.

No olvidemos que son las cosas sencillas, no siempre materiales, que están dentro y fuera de nosotros, pero la más de las veces creemos erróneamente tienen un alto precio, esas son las culminantes para el espíritu, y que por su simplicidad y candor, son invaluables en precio real. Pero esas cosas  aparentemente sencillas, logran brindarnos algo más trascendente y gratificante que el puro placer. Ya lo señala el psiquiatra francés, Chistophe André, en su obra El Placer de Vivir: “Por agradable y necesario que resulte para la existencia, el placer no es pues la felicidad, ni aunque lo parezca para algunos. – El placer es la felicidad de los tontos. La Felicidad es el placer de los sabios”.