El cerebro y el olor
de los recuerdos

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Los recuerdos, tienen el encanto de que volvemos a “vivir” esos momentos evocados, como serían el riquísimo pan casero de mi madre, el olor a manzanas y uvas en las calles, el tufillo a pólvora de los cohetes gallitos, los polvos Yardley, los bizcochos con suspiro de la tía Cucú, el olor a bodas y a muertos de las azucenas etc. En fin, una serie de gratos recuerdos que desde la infancia arrastramos como carga melancólica, que evocamos desde el momento mismo que algo nos hace rememorar esos emotivos momentos.

Un estudio nuerocientífico, publicado en la edición de noviembre de la revista Current Biology, en una investigación liderada por Laara Jeshurun, del Departamento de Neurobiología del Instituto de Ciencias Weizman de Israel, nos da la respuesta científica a esas experiencias que todos hemos disfrutado.

Han determinado, que hay una memoria especial en el cerebro que guarda de manera definitiva y en áreas específicas, esos primeros olores que nos han impresionado tempranamente, la llamada “memoria de impacto emocional”, que se almacena en  espacios exclusivos del hipocampo  y las amígdalas cerebrales.

La investigación realizada con el uso de la Resonancia Magnética Nuclear, combinó las memorias olfativas y las auditivas, confirmando que las olfativas se graban de forma particular en nuestros cerebros y que las ramificaciones de las auditivas, no son tan poderosas como las olfatorias.

Esas raíces perfumadas, anclan en lo profundo de nuestros cerebros, situadas en áreas odoríferas del –lóbulo temporal-. Muchas veces esos recuerdos son responsables de conductas  inexplicables, lo que nos hace tomar decisiones sorprendentes.

Cuando evocamos una canción, en verdad que la disfrutamos como la primera vez; pero cuando el recuerdo se relaciona con las aromas, mayor área cerebral participa, lo que nos obliga a aceptar que al parecer esos recuerdos nuestros tienen “su olor”, en esos vívidos momentos de las reminiscencias. El Dr. Oliver Shaks, neurólogo inglés, que ejerce en New York, egresado del mismo Instituto Neurológico Británico, donde me especialicé en Londres, compartimos por igual el gusto de escribir.

En una de sus obras: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, relata numerosas historias de pacientes neurológicos de manera muy digerible. El caso de un joven, que luego de una noche de abusos de drogas, despertó con una hipersensibilidad olfatoria que le impedía poner atención a los otros sentidos. El maldecía esa nueva capacidad, en razón de que no podía tener una vida normal.

Al parecer esas drogas estimularon o lesionaron áreas cerebrales del hipocampo, las áreas olfatorias del lóbulo temporal, el que  se considera es uno de  los –almacenes-  de la memoria humana.

Imaginémonos por un momento tener la capacidad olfatoria del perro, con la cantidad de estímulos pestíferos de la modernidad, no creo que pudiéramos manejarnos. No sin razón la sabia evolución, nos atrofia algunos sentidos y nos mejora otros, todo en procura de una mejor calidad de vida; eso  pone en evidencia las íntimas relaciones de la memoria con las prestezas,  gracias a las cuales cada individuo se adapta a su medio ambiente. Debemos al investigador Jean Piaget, el haber demostrado, que la evolución genética de la memoria, es inseparable del desarrollo físico del niño, y especialmente de su desarrollo intelectual.

Acepto que sí, los recuerdos tienen “olores” agradables al evocarlos.