El Chapo Guzmán: héroe posmoderno

El maestro Sigmund Freud decía: “cada siglo engendra su peste.” La posmodernidad ha apostado su existencia al consumo, el dinero, la belleza, lo desechable, al hedonismo, al relativismo ético, a la cultura de la prisa y al facilismo, y ¿por qué no?, a la crisis de la identidad generalizada, donde nadie aspire a su “yo ideal” sino al “yo ideal” que el mercado y los nuevos paradigmas te impongan. El desafío consiste en establecer el referente, la identidad, los valores, la imitación, el modelo, los roles; es decir, aproximarse al ser, para buscar ¿Quién soy? ¿A quién me quiero parecer? ¿Quién es mi modelo? ¿Qué voy a hacer? Por años la psicología y la psiquiatría buscaban la definición y la identidad psico social, cultural y espiritual del hombre, a través de su ideal, su ideología, de su sentido de utilidad y de las causas asumidas. El hombre asumía el ser para defender sus hábitos, su dignidad, su palabra y su rostro para ser creíble, potable, respetado, valorado y seleccionado en su propia comunidad o entorno. Ahora, la posmodernidad, nos plantea el vivir y asumir el parecer, el pragmatismo, el éxito, la fama basada en lograr lo tangible: dinero, vehículo, confort, fortuna, estatus, notoriedad, poder, influencia, bienes, etc. El cómo no importa, ni el servicio de utilidad, ni de qué vive, ni a qué te dedicas; solo vasta alcanzar el confort, ser noticia, salir en los medios, dar que hablar, comprar lo que reglamenta el sistema y las normas: justicia, policía, políticas, medio de comunicación, empresa, celebridades, etc. Hace tiempo que pasó la guerra fría, el fin de la historia, los viejos paradigmas y la muerte de la utopía.

Ahora ¿qué queda? Un mundo sin héroe, sin referente, sin espiritualidad, sin visión ni misión humana para defender la existencia, ni las causas, ni el planeta, ni el agua, ni la propia vida. En un mundo así ¿Qué queda? ¿A quién imitar? ¿A quién seguir? Ahí descansa la confusión de los adolescentes y adultos para asumir el ser, o el parecer.

Las celebridades, el cine, la novela, la sociedad liquidada de Bauman ha escogido al nuevo héroe: el Chapo Guzmán, el hombre que ha escapado de tres cárceles, con túneles, dinero, complicidad, corrupción, pago de peaje, silencio colectivo etc. Para la posmodernidad, El Chapo es astuto, inteligente, exitoso, altruista, solidario, sencillo y humano, que ayuda a su barrio, a su gente; es un constructor de escuelas, politécnico, de pequeñas empresas comunitarias para la gente pobre de su cartel. Su megalomanía, su falta de límites y la pasión por alcanzar lo imposible en el mundo material posmoderno lo ha puesto de nuevo en la cárcel. Su imagen recorre el mundo, la comisa se agota en pocos días, los hombres en México han decidido peinarse y tener el “bigotico” de El Chapo. Por otro lado, le escriben canciones, le ponen su nombre en negocios, perfumes, cinturones, prendas de vestir. Lo de El Chapo, va más rápido que Pablo Escobar, debido a que le preparan novelas, películas, guiones para series televisadas, entrevistas, etc. A nadie le importa el impacto negativo, el modelo de influencia negativa para millones de latinoamericanos que viven en pobreza y quieren alcanzar la posmodernidad. El mensaje va directo, El “Chapo es la solución” “el nuevo héroe” “el paradigma en la sociedad enferma y viciosa del parecer, el consumismo, la publicitad a través de las redes, el poder, dinero, vehículos y fortuna del hombre realizado y exitoso”. Ahora sí es verdad que vamos mal; pero muy mal. La posmodernidad, el mercado y el consumo nos han penetrado la vida, la familia y hasta la propia existencia. El líder del cartel de Sinaloa, una organización con presencia en 59 países distribuidor de metanfetaminas y de inversiones producto del lavado en toda la región, gracias relativismo ético es toda una marca, un objetivo de la posmodernidad.