El cielo está de fiesta y el infierno también

Luis Emilio Montalvo Arzeno.

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A este acto final no quiso estar presente el sicario, según él, por temor a acabar en el “Infierno”. Sabía que con este acto me compraría un boleto al “Infierno”. El Papa tenía en ese momento 65 años.

Hoy en día Anthoni Luciano Raymondi padece de cáncer terminal y dice no estar en la cárcel gracias a los millonarios sobornos que debió pagar durante toda su vida.

Ahora, ha decidido contar todos sus secretos. Teme llevárselos a la tumba y no tener tiempo de arrepentirse.
El resultado final fue que el papa Juan Pablo murió envenenado sin prueba alguna de la causa, pues nunca se le hizo necropsia y todo quedó en el misterio de MUERTE SÚBITA. Dice que si se analiza su cadáver hoy en día puede aparecer huellas del cianuro y creo como médico que es cierto.

Según el mafioso confeso se le trato de contratar meses después para realizar el mismo operativo con el nuevo papa Juan Pablo II y el sicario se negó rotundamente, pues dijo que hasta donde iban a llegar envenenando papas para proteger y ocultar los negocios ilícitos e ilegales del Banco Vaticano.

Según el relato de Luciano Raymundi, por medio del Banco Vaticano se habían vendido certificados falsos de acciones de grandes compañías estadounidenses como IMB, Coca Cola, IBM a compradores ingenuos por valor de l,000 millones de dólares. Juan Pablo I al asumir el cargo había prometido destapar el escándalo y Juan Pablo II también estaba en esa línea, pero lo hizo de otra forma para que no estallara un escándalo para la Iglesia.

De todo esto y consecuente con el título, dejo en el lector creyente la siguiente reflexión: se trata de la narración del Evangelio en el final del buen ladrón y del mal ladrón, siendo el primero el que se arrebató el cielo a última hora por su arrepentimiento. Lo mismo del arrepentimiento del rey David luego de mandar a matar a alguien para aprovecharse de su mujer en adulterio. Ese mismo David es el autor de los Salmos en los que expresa humildemente su arrepentimiento y alabanzas mil veces a su Creador. En esa misma tónica está la parábola del Hijo Pródigo, de la oración del Fariseo y el Publicano. Es la fiesta del Cielo por la conversión de un pecador que se convierte y la fiesta en el infierno por la persistencia y soberbia hasta el final de sus días de un pecador impenitente.