El cielo está de fiesta y el infierno también

Recientemente ha salido a relucir de modo público y testimonial la muerte asesina del papa Albino Luciani, con el nombre de Juan Pablo I, que fue atribuida (vox populi) a una conspiración de una facción malvada y corrupta del Vaticano en el año 1978.
Hoy se destapa la verdad según testimonio de un hombre clave vivo y suelto y nada más y nada menos que en un libro responsable. Se trata, según el autor, de un asesinato ideado por monseñor Paul Casimir Marcinkus, norteamericano, gerente del Banco Vaticano y enclavado en la Santa Sede, quien utilizó los servicios de su pariente el mafioso Anthony Luciano Raymondi que decidió recientemente liberarse de su peso de conciencia y manifestó su arrepentimiento antes de enfrentarse al tribunal de Dios a la hora de su muerte cercana. El sicario arrepentido describió la forma de deshacerse del nuevo Pontífice que iba a desafiar las operaciones ilícitas del Banco Vaticano llamado en ese momento Instituto de Obras de Religión, Banco que controló monseñor Marcinkus entre 1971 a 1988. Para esta misión macabra el monseñor contrató a Luciano Raymondi, de 28 anos, sobrino del Padrino de New York Lucki Luciano. Esta revelación la hizo en su reciente libro llamado “When the bullet hits the bone” (Cuando la bala golpea el hueso) En una entrevista al diario New York Post respondió preguntas detalladas sobre el libro y sobre los hechos de 1978. Dice que fue convocado a una reunión secreta por su primo monseñor Paul Casimir Marcinkus. El sicario que tuvo acceso a las intimidades dentro de las paredes del Vaticano por sus relaciones familiares con Marcinkus con la finalidad de estudiar los hábitos diarios del Papa, sobre todo de su alimentación y se empapó de todo lo más mínimo para trazar su estrategia. Para el operativo final se utilizó la complicidad interna del Monseñor, y de alguna que otra persona que deja sugerido sin mencionar nombres, para que el té que el Papa solía ingerir de noche fuera complementado con una buena cantidad de Valium suficiente para dejarle totalmente relajado y sedado al cabo de un rato. El Papa inició su ritual de vestirse para dormir y al final el Monseñor ingresó a la habitación y al verle dormido como un tronco sacó un gotero y el cianuro que tenía en su bolsa metiéndole dentro de la boca la cantidad que ya estaba definida como letal en pocos minutos.