El círculo vicioso

BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
El siglo XIX sirvió para que se creara un grupo dirigente en la recién creada República Dominicana que se repite de manera desagradable día tras día.

No hay ningún progreso en la sociedad dominicana. En muchos casos se puede asegurar que ha retrocedido de manera indecente, irresponsable. El espejo nacional devuelve siempre las mismas imágenes: el político logrero; el militar matón, ladrón y abusador; el comerciante que engaña con el peso de los bienes que vende, con la medida de la tela que ofrece, con la calidad de la mercancía; el cura adulón de los ricos de cuya “generosidad” depende para vivir porque carece de moral para que sus feligreses mantengan la parroquia; el profesional (periodista, médico, abogado) dispuesto a cualquier bajeza con tal de escalar la escala social hasta sacar la cabeza sobre la multitud.

Tales personajillos los encontramos en el inicio de la República y no hemos sido capaces de romper esos moldes y crear otros que produzca ciudadanos como los que describimos en discursos, libros, artículos.

Lo llevo dicho, de manera machacona, constante, incansable, que el principal problema de nuestro país es la distorsión de la escala moral.

Veamos algunas de las distorsiones:

amigos y familiares de los funcionarios que los tildan de pendejos porque no se aprovechan de las posiciones públicas para las cuales fueron designados; funcionarios que usan las posiciones públicas para la acumulación originaria de capitales a partir del tráfico de influencias, de la recepción de porcentajes por la concesión de contratos o por la compra de equipos y materiales de trabajo; comerciantes que introducen contrabandos con el contubernio de directores o empleados de Aduanas; empresarios que pagan los tributos a los directores y a funcionarios de la oficina de cobro de impuestos en desmedro del fisco; maestros corrompidos que fuerzan relaciones sexuales con estudiantes deficientes y estudiantes que emplean sus encantos para pasar una materia; padres, familiares y amigos que aprovechan el parentezco o la cercanía para abusar de la ingenuidad de jovencitas y jovencitos a quienes fuerzan a mantener relaciones sexuales (de estos casos sólo se conocen los de gente del común, cuando el caso involucra a “personajes”, el asunto queda en familia); padres, médicos y autoridades que en combinación con fiscales y jueces corruptos contribuyen a que jóvenes de “buena familia” no sean procesados por el uso, abuso y venta de drogas.

La lista del tipo de gente cuyo rostro se repite desde los inicios de la República es larga y desagradable. Aquí faltan uniformados y ensotanados, por ejemplo.

Muchos de nosotros los conocemos, los tratamos y, por lo menos en su presencia, los aceptamos.

Constituimos, los bandidos y los que intentamos no ser malos, una sociedad que necesita, demanda, requiere y exige ser volteada patas arriba.

Si sólo se enseñara, en el hogar, en la iglesia, en la escuela, en todos los lugares, a que los niños aprendieran a respetarse a si mismos, quizá en una o dos generaciones el espejo reproduciría otros rostros.

Rostros, como por ejemplo: de jueces que no se quiten la  venda, periodistas que siempre ejerzan con apego a la verdad; médicos y abogados que piensen en servir antes que en el tamaño de la cartera de quien solicita sus servicios; curas a quienes no les importe el volumen de los bienes de los feligreses; policías y guardias que sepan y respeten su papel de guardianes del orden público y de la soberanía e independencia nacional; maestros que aprendan para enseñar a pensar, no para repetir teorías y datos que se encuentran en cualquier enciclopedia o en uno de los cuchumil portales del internet; comerciantes que no engañen y funcionarios que no se dejen corromper. Quizá no fuera tan cuesta arriba como parece, si desde las más altas posiciones del país se ofrecieran ejemplos de humildad, solidaridad, honestidad, cumplimiento de la palabra empeñada, respeto por la ley y por sus semejantes.

Por algún lado hay que comenzar. Podemos hacerlo, pero no nos proponemos.