El conceptualizador y el empresario:
un debate indirecto

José Lois Malkun
Los medios de comunicación del Grupo Corripio lograron sentar frente a las cámaras de televisión a todos los candidatos aspirantes a la Presidencia de la República.

Excelente iniciativa gracias a la influencia de Don Pepín Corripio, empresario elocuente y visionario que sabe desenvolverse en todos los escenarios de la vida nacional.

Pero si algo demostraron estos encuentros con la prensa fue que Leonel Fernández tenía toda la razón cuando se negó a enfrentarse en un debate público a Miguel Vargas Maldonado.

Para justificar esa negativa, el Presidente, con una manifiesta arrogancia, llegó al extremo de calificar a sus opositores como carentes de pensamiento para el dialogo.

Algo tremendamente ofensivo y fuera de contexto. Porque fue obvio que Miguel Vargas le llevó una milla de distancia a Leonel Fernández en esos debates indirectos, donde se puso de manifiesto la diferencia que existe entre el conceptualizador demagogo y el empresario pragmático. El conceptualizador mantuvo la misma estrategia de siempre.

Prometer lo que no ha cumplido y jamás cumplirá y explotar su histrionismo e intelectualidad, citando como cotorra las mismas expresiones de expertos internacionales en materia de globalización, democracia, progreso, gobernabilidad, institucionalidad y reforma constitucional. Pero nada más, porque en sus últimos cuatro años como Gobernante ha aniquilado lo poco que existía de institucionalidad, violó todas las leyes en materia de asignación de recursos a la educación y la salud y llegó al colmo de violar la Constitución en el caso de la Sun Land. Y en materia de inmoralidad pública ha roto todos los récord de Guinnes, convirtiendo la corrupción y el clientelismo en una acción estatal pacificadora.

Por su parte, Miguel Vargas demostró mucho dominio en la mayoría de los temas sin preocuparse de dar cuentas al país sobre promesas incumplidas ya que no ha sido Presidente, aunque se desempeñó muy bien como Secretario de Obras Públicas en el Gobierno anterior. Habló claro sobre temas económicos y sociales críticos, presentando propuestas concretas cuya sola debilidad es si las cumplirá o no cuando llegue al poder. Pero fue enfático y convincente a la hora de explicar sus compromisos con la sociedad civil para cumplir esas promesas, como es prohibir la reelección y reducir los impuestos para reactivar la economía y bajar los costos internos. Enfrentó con valentía y firmeza los cuestionamientos sobre sus operaciones inmobiliarias.

Demostró ser una persona en la que se puede confiar y un empresario con los pies en la tierra más que un político mentiroso y demagogo. Y esa es la diferencia entre un conceptualizador con aires de superioridad y ambiciones totalitarias y un empresario exitoso, que sabe administrar y que puede cambiar el caos en que se encuentra este país.

Una oportunidad que pocas veces se presenta. Porque el empresariado dominicano siempre ha actuado a las sombras del poder. Coqueteándolo o criticándolo de acuerdo a su conveniencia, pero nunca arriesgándose a tomar las riendas del Gobierno. Esta es su oportunidad.