El conflicto: religión y psiquiatría

Durantes siglos las enfermedades psiquiátricas y los trastornos conductuales eran vistos como resultados del demonio, de fuerzas negativas o influencias de males o posesiones de espíritu que se adueñan del cuerpo. Para la religiosidad popular, estos trastornos se debían a creencias socio-culturales: brujería, mal de ojo, hechicería, le echaron una maldad, lo vendieron, pisó una maldad y su falta de fe lo debilitó, etc. De ahí entonces, las personas acudían al brujo, curandero, a la santería, a los ofertadores de suerte, a realizarse despojos, prenderles velas a sus santos preferidos, o resolver la mala suerte con la compra de aguas perfumadas o yerbas que ayudan a cuidarse de la mala suerte o que “ayudan” a conseguir propósitos, como son: “amansa guapo” “quiéreme mucho” “déjame el cheque en la cama” “to pa mí y na pal Mario” “roba Mario” “la siete potencia”, etc.

La psiquiatría es una rama de la medicina que tiene que estudiar el concepto Bio-psicosocial y espiritual del hombre; pero además, tiene que analizar el contexto de la dinámica familiar, las influencias políticas, históricas, socio económicas y psicosociales en el desarrollo de la personalidad. Es decir, una visión integral de la persona. Ahora, en el Siglos XXI con el avance de la neurociencias, del cerebro, de la química cerebral, de la genética molecular, de la psicofarmacología, de la psicoterapia, etc. Hoy sabemos la causa de los trastornos neuro-psiquiátricos, donde podemos tratar la esquizofrenia, bipolaridad, depresión, trastornos ansiedad, adiciones, trastornos del comportamiento, demencias, y otras alteraciones del cerebro y la conducta, que tiene una causa, biológica, química, que compromete la funcionabilidad, el bienestar y la felicidad de las personas con estos trastornos mentales. Pero lo mismo pasa con los niños con trastornos de hiperactividad y déficit de atención, los autistas o los niños con trastornos conductuales severos. La psiquiatría moderna tiene las respuestas científicas y los tratamientos adecuados para responder de forma académica y humana apegado al rigor de la ciencia y de las otras ramas de la medicina que comparten el cerebro como la neurología, la neurocirugía, la endocrinología. Ahora, la psiquiatría y los psicofármacos que se usan encuentran resistencia en algunas religiones, o grupo de fe, que piden a los pacientes no tomar “drogas” para sus enfermedades, debido a que se curan con oraciones, o retiros espirituales o sanaciones, o rituales para sacarles demonios de la “cabeza”. Muchos grupos religiosos no les quitan los anti hipertensivos, o para la diabetes o para tiroides a sus feligreses. Pero sí opinan, consultan y le suspenden medicamentos recetados por los psiquiatras para trastorno del sueño, depresión, bipolaridad, trastorno de pánico, esquizofrenia, etc. Esa suspensión brusca de los fármacos, representan recaídas, o la aparición del síndrome de supresión o descontinuación donde el paciente se siente más ansioso, con temblores, calambres, e intranquilidad.
Los psiquiatras realizamos programas de psico-educación a los pacientes y familiares sobre el diagnóstico, tratamiento y mejoría de la calidad de vida. En la mayoría de los casos, los trastornos psiquiátricos deben ser medicados y supervisados por meses o años. Es de suma importancia que sea el médico que decida después de evaluaciones clínicas, bajar las dosis o suspender o cambiar los psicofármacos. Los religiosos, los guías espirituales, deben de entender que las enfermedades mentales existen en el cerebro, por alteraciones químicas o cambios estructurales u hormonales. Hoy sabemos que la espiritualidad es una condición que ayuda en la vida emocional, psicológica y existencial de las personas. Un psiquiatra les respeta a sus pacientes el derecho que tiene a cualquier tipo de religión, partidos políticos, condición de su orientación sexual, estilo de vida, etc. Sería bueno y saludable que las guías o asesores espirituales valores y estimulen a buscar la ayuda psicoemocionales, familiar, de pareja y personal; pero sobre todo, aceptar los tratamientos psicofarmacológicos y psicoterapéuticos de la psiquiatría.