El cuatro de Termidor

MIGUEL RAMÓN BONA RIVERA
La Revolución Francesa, en su afán de ruptura total con todo lo que pudiera vincularse al antiguo régimen, llegó incluso a crear un nuevo calendario, para señalar los meses y los días de manera distinta a como se había hecho hasta entonces.

Este nuevo calendario comenzó a correr a partir del 22 de septiembre del 1792, día de la proclamación de la República.

Los nombres que se le pusieron a los doce meses del año, guardaban relación con el clima y la agricultura.

Así, el primer mes, que iba del 22 de septiembre al 21 de octubre, se llamaba “Vendimiario”, por ser ésta la época de la cosecha de vid con que se producen los famosos vinos franceses. El segundo mes, del 22 de octubre al 21 de noviembre, recibió el nombre de “Brumario” por ser el mes de las brumas de otoño.

El cuarto mes, que iba del 21 de diciembre al 19 de enero, llevaba el nombre de “Nivoso”, pro ser el mes de las nieves y el octavo mes, del 20 de abril, al 19 de mayo, se llamaba “Floreal”, por ser el mes de las flores.

El onceavo mes, del 19 de julio al 18 de agosto, llevaba el nombre de “Termidor”, por ser el mes del calor.

En el calendario de la revolución francesa hay fechas que se han hecho famosas históricamente. Así tenemos el nueve de termidor del año dos (correspondiente al 27 de julio de 1794), fecha en que cayeron Robespierre y sus acólitos. O el dieciocho brumario del año ocho (correspondiente al 9 de noviembre de 1799) fecha en que Napoleón Bonaparte dio el golpe de estado al Directorio Revolucionario.

Pero para los dominicanos, hay en el calendario revolucionario una fecha que cambió por completo el curso de nuestra historia.

Se trata del cuatro de Termidor del año tercero, o sea, el 22 de julio de 1795.

Ese día se firmó en la ciudad de Basilea, Suiza, el tratado de paz entre Francia y España, mediante le cual ésta última cedía a la primera, la parte española de la isla de Santo Domingo.

La revolución francesa fue el parto doloroso del cual nació la Edad Contemporánea. La antigua sociedad monárquica estaba constituida por tres estamentos inamovibles que hacían casi posible el ascenso social: La nobleza, el clero y el pueblo llano.

Dentro de este tercer estado, el del pueblo llano, se apretujaban inconformes los sectores motores de la economía: artesanos, agricultores, comerciantes, industriales, banqueros, verdaderos creadores de la creciente riqueza nacional, pero relegados al plano de simples súbditos plebeyos carentes de poder político, el cual era ostentado por el estado superior de la nobleza y la corte.

EL 14 de julio de 1789, el pueblo de París asaltó la fortaleza de la Bastilla y se dio inicio a la revolución francesa que arrasó con el antiguo régimen monárquico y absolutista, dando nacimiento a una nueva sociedad formada, no ya por segmentos verticales y estancos, sino por clases sociales en las que sería posible la movilidad y el ascenso de un estrato social a otro.

El 21 de junio de 1791, el rey Luis XVI y su familia trataron de huir de Francia, disfrazados, pero fueron detenidos por los revolucionarios y retornados a París.

Un año y medio más tarde, el 21 de enero 1793, el infeliz rey Luis XVI moría en la guillotina, tras haber sido condenado al patíbulo pro la Convención Nacional Revolucionaria.

El 16 de octubre de ese mismo año era guillotinada la reina.

Como consecuencia del regicidio de Luis XVI y su esposa María Antonieta, las grandes potencias monárquicas de Europa le declararon la guerra a Francia.

España entró en la guerra contra Francia enviando tres cuerpos del ejército a la frontera de los pirineos.

El poderoso ejército francés respondió penetrando por los pasos fronterizos catalanes y navarros, y su empuje fue irresistible, arrollador. Una a una fueron cayendo las ciudades españolas, Vera, Irún, Fuenterrabía, Pasajes, San Sebastián, Tolosa, Rosas, y finalmente Bilbao.

Era imposible detener a un ejército motivado por el espíritu de libertad y por la energía del fanatismo democrático que animaba a los franceses.

Con una moral delirante, las fuerzas francesas, conformadas y comandadas por ciudadanos libres y revolucionarios, avanzaron como un rodillo implacable sobre las enmohecidas tropas monárquicas españolas, comandadas por nobles rancios y malqueridos.

Y España pidió la paz.

El 22 de julio de 1795, cuatro de termidor del año tercero en el calendario revolucionario, se firmó el tratado de paz entre España y Francia: el tratado de Basilea.

Dicho tratado establecía textualmente lo siguiente: “La República Francesa y Su Majestad el Rey de España, igualmente animados del deseo de hacer cesar las calamidades de la guerra que los divide, íntimamente convencidos de que existen entre sus dos naciones intereses respectivos que demandan un retorno recíproco de la amistad, acuerdan lo siguiente:

“Art. 1ro. Habrá paz, amistad y buen entendimiento entre la República Francesa y el Rey de España”.

“Art. 2do. En consecuencia, todas las hostilidades entre las dos potencias contratantes cesarán de inmediato”.

“Art. 4to. La República Francesa restituye al Rey de España todas las conquistas que ha hecho sobre territorio español en el curso de la guerra actual. Las plazas serán evacuadas por las tropas francesas dentro de los quince días siguientes a la firma del presente tratado”.

“Art. 9no. En cambio de la restitución de que se trata en el art. 4to., el rey de España, por si y por sus sucesores, cede y abandona en toda propiedad a la República Francesa, toda la parte española de la isla de Santo Domingo en las antillas”. Y así, de un solo plumazo y por designio de las grandes potencias, cambió de repente el idioma, la nacionalidad y el destino de los dominicanos.

El tratado de Basilea fue el primero de una serie de acontecimientos que desembocarían finalmente en las invasiones y posterior ocupación haitiana de nuestro territorio.