El culto borracho ofendido

Puse en circulación mi libro Traicionero Aguardiente, con relatos sobre borrachos, en el año 1983, en la Biblioteca Nacional.

Cuando mi esposa Yvelisse y yo estacionamos el vehículo en el parqueo de la entidad, fuimos recibidos por un individuo de anatomía huérfana de libras, quien blandió frente a nuestros ojos asombrados una botella de ron criollo.

-¿De dónde le salió a usted un título tan negador de las virtudes del romo?- preguntó, acercando tanto su rostro al mío, que percibí claramente la carga etílica y halitósica de su aliento.

– De mi experiencia con los tragos, los cuales hace más de diez años que abandoné- respondí, intentando inútilmente alejarme del chupóptero romil.

– Ah- exclamó, acompañando la expresión con un largo resoplido- por eso sus escritos de hoy no tienen la sabrosura de otros tiempos. Les falta la desinhibición, el relajo y la chivería que proporcionan las bebidas alcohólicas. Todo aquel que se sienta a escribir con tragos en el cuerpo se siente más talentoso que el mismísimo Cervantes.

Intenté alejarme nuevamente, esta vez tomando a mi esposa del brazo, pero el tipo se colocó delante.

– El que gusta del ron es romántico, admirador de las mujeres, a las que piropea permanentemente. Además, un bebedor que pasados los cuarenta años de edad no ha mostrado amaneramientos pajariles, es un macho probado.

Yvelisse no ocultaba su desagrado, que se manifestaba en cortadas de ojos  al cargante dipsómano.

-Grandes hombres de la historia debieron en parte su gloria a que el licor les avivó la inteligencia, y les quitó el miedo. Poetas, músicos, pintores, héroes de batallas, tuvieron en el alcohol una valiosa ayuda. Con  tragos surgen los mejores negocios, las más sólidas amistades, los más bellos romances. Quien está bajo los efectos de las bebidas espirituosas es honesto y sincero, manifiesta lo que siente, aunque se perjudique.

Las mujeres no quieren saber de hombres cobardes ni tacaños, y el que se emborracha se torna valeroso y espléndido, aunque no lo sea.

Comprendí que estaba ante un hombre de lecturas, y me dispuse a explicarle las razones por las cuales había pasado de borracho conocido a sobrio anónimo, pero mi forzoso interlocutor se alejó con paso tambaleante, gritando: divino, bendito, sincero aguardiente.

De pronto se detuvo, y tras un  sorbo a la botella, lanzó un prolongado eructo, ruidoso punto final de su sesuda disertación.