El dador

JULO BREA FRANCO
jebfa9@gmail.net
Hay una arquitectura del poder. En el ámbito de nuestra piel nacional es innecesario acudir al  Jacques Lambert de los inicios de los años sesenta para ver la preponderancia presidencial en nuestro sistema político.  Los 18 mil metros cuadrados del Palacio Nacional alojan únicamente al ejecutivo. Es el “nacional” importante. Los demás pedazos – el Congreso y la Suprema Corte de Justicia- anduvieron por largo tiempo sin casa propia adecuada.

En comparación,  quizás forzada, en los Estados de la Unión Norteamericana, esas edificaciones neoclásicas  cobijan los tres brazos del poder institucional: el Gobernador, el Congreso y la Justicia. Viven juntos bajo un mismo techo.

El clientelismo ha sido y es. Es un término técnico trasegado al lenguaje político. Alude a una dependencia recíproca: tú me sigues, yo te doy. Obviamente que no es un mal nuestro ni reciente: Horacio Vásquez se indispuso con Mon Cáceres e hizo “revolución” por los empleos en el ferrocarril.

El Estado es el gobierno, el gobierno es el Presidente, el Presidente maneja infinidad de recursos tangibles e intangibles.  Al final, lo bueno del dar se le pega mientras es Presidente. Cuando se trata de llegar los recursos no abundan para tanto. Sí hay muchos cuando se está y se quiere continuar. De ahí el gran ruido y la perversión que acarrea en las competencias electorales. El paso y la tentación del uso y del abuso es corto y grande.

No es la primera. Tenemos muchas experiencias. En la travesura han incurrido  todos. Sin embargo, “mal de muchos, consuelo de tontos”.   La esclavitud duró centurias al punto de convertirse en tradicional, pero eso no la justifica. Si el uso de los recursos ha sido recurrente alguna razón debe haber. La explicación ha de buscarse en situaciones estructurales, condicionales y culturales.

El gran reto es influir en el cambio. Hay diferencias entre el político y el estadista.  Sin ser lo uno no se puede ser lo otro. Navegar siempre en aguas bien revueltas y mantener  un  apoyo y aceptación sostenida, son expresiones de mucho arte político. La metáfora platónica de la “Nave del Estado” trae la idea de un viaje hacia algún puerto. No que únicamente se dé vuelta sobre un mismo punto o anclarla en el alta mar de lo que siempre ha sido.  Si hay lamento por la manera en que funciona la sociedad, hacer más de lo mismo es de políticos solamente. El Presidente es un hombre inteligente que maneja la palabra y los argumentos. Hay que escarbar en ellas. Eso de las “nominillas” tiene una estrechísima relación con lo electoral.  Si  inició en el 2005, en el 2006 se realizaron congresionales. Siguió la competencia para la nominación. Ahora,  las presidenciales. Un trabajo político electoral de tres años ininterrumpidos.

La variable pobreza resulta muy atendible para explicar. Pero no ha de confundirse el dar  mientras  tanto se crean condiciones para generar empleos,  con el “ayudar” a un activismo político. Se le paga,  no para hacer nada.  Todo lo contrario:   para que trabajen en política “con tranquilidad de espíritu”.