El daño de tanta vergüenza y escándalos

La actual administración del Estado ha llevado a este país a una generalización de escándalos tan bochornosos, que como sociedad nos ha sumido en un brumoso estado de vergüenza y postración. Se ha llegado a tal punto, que en sólo una semana dos embajadores: el de los Estados Unidos y el de Inglaterra, los dos más grandes imperios que ha producido el capitalismo, han dicho públicamente que algunos funcionarios gubernamentales sobornan a los inversionistas de ambos países.

Como se sabe, no es la primera queja que en ese sentido exprese públicamente un alto funcionario de una legación extranjera, se sabe que en privado muchos se manifiestan en igual sentido. También, nacional e internacionalmente es de público conocimiento que durante el presente gobierno, hemos alcanzado el pesado baldón de ser uno de los países más corruptos del mundo.

Este generalizado estado de corrupción ha erosionado las bases de las principales instituciones de la sociedad dominicana: la familia, la política, la educación, la justicia y hasta la religión, como nunca se había visto.

 Sin embargo, en una mezcla de prepotencia (abuso de poder) y de cinismo político, quienes actualmente detentan el poder político del país, concomitantemente con parte del poder económico, se presentan como los depositarios de la decimonónica idea del progreso, de la modernidad y el valladar contra el “retroceso”.

Uno se pregunta si ese grupo de la clase política dominicana está investido de autoridad moral alguna para autoproclamarse portador del progreso, cuando ha conducido al país al bochorno de ocupar los últimos lugares a nivel mundial en cuanto a la inversión  en la educación, en términos de transparencia en el manejo de la cosa pública, en cuanto a corrupción en la administración pública, en el rendimiento de sus escolares y otros indicadores claves del desarrollo humano.

Este país pierde credibilidad a nivel mundial, cuando las legaciones diplomáticas extranjeras del calibre de los países citados y de otros también relevantes, se quejan de la inseguridad de la inversión del capital foráneo, del “peaje” que tienen que pagar para agilizar procesos de acreditación y legalización de proyectos de inversión muy importantes y de relativamente poca complejidad. 

De igual modo, se erosiona su credibilidad en la comunidad mundial cuando las autoridades que dirigen sus relaciones internacionales son incapaces de hacer cumplir los nombramientos que hace. Cuando el embajador de una plaza del calado de Madrid se le ve prácticamente a diario en su programa de TV, cuando es incapaz de hacer efectivo el nombramiento de un nuevo cónsul en una ciudad como Boston, debido a la ruidosa insubordinación del que se quiere sustituir.

El país va a la deriva, y de eso no es  sólo culpable el sector de la clase política que nos ha llevado a esa circunstancia,  sino una oposición, de todos los signos   político/ideológicos, incapaz de crear un movimiento que aglutine las mejores voluntades que desean un país diferente y evite que rebrote con preocupante fuerza el viejo pesimismo que desde hace casi cien años nos debilita como colectividad.

A eso conduce la vergüenza y bochornos a que nos someten los poderes legales y fácticos de este país.