El deber del Estado en función del bien común

Un gran humanista escribió: “El Estado tiene el derecho de hacer todo lo que reclama el bien común. Prohibir todo lo que prohíbe el bien común y ordenar todo lo que exige el bien común, en la exacta medida en que el bien común lo indica, naturalmente, dentro de los límites de las posibilidades y de las oportunidades, puesto que el bien común de un pueblo es algo concreto e histórico.”

En tal virtud, el papel del Estado es adquirir, conservar y desarrollar  bienes y jerarquizarlos convenientemente, sacrificando los inferiores a los más dignos; sacrificando, por ejemplo, aspectos materiales por la justicia social y  la paz, o las de algunas actividades secundarias o superfluas  por las  que tienen que ver con el desarrollo social, la cultura, la educación y la moralización, que al fin y al cabo deben ser las bases que soporten el crecimiento en otros órdenes.

Cada día la gente siente más temor, porque hay menos respeto. Crecen la violencia y las malas acciones. No se trata de  un lugar específico o  una determinada capa, sino  de la proliferación y multiplicidad de acciones que están sacudiendo las simientes mismas de nuestros valores más preciados.

La corrupción expandida junto a la ocurrencia  de  hechos de sangre y acciones distantes con  las  normas éticas y morales en los que se ven envueltas hasta adolescentes, tocan lo más profundo y sensible de la conciencia nacional. Llenan de consternación y mueven a la  preocupación, porque dichas acciones son un claro indicio de que nos alejamos cada día más de los principios cristianos y las buenas costumbres.

La autoridad del Estado tiene su fuente inmediata y su justificación en el bien común. El poder que ejerce el Estado y el derecho de fuerza, se justifican en relación al bien común y por la necesidad de imponer  a las voluntades más perversas, las disciplinas y los sacrificios necesarios para lograrlo. Porque las funciones del Estado se relacionan con su finalidad general y por tanto el bien de la colectividad.

Porque de qué le vale a un país exhibir adelantos técnicos, edificios, carreteras o crecimiento macro-económico, cuando por otro lado, la miseria,  la delincuencia, los asaltos, las drogas, las violaciones, los crímenes,  ausentismo en las escuelas,  crecen a un ritmo más acelerado,  manteniendo la población en permanente estado de terror y asombro.

Esta es una tarea de todos los sectores con vocación a vivir en paz y tranquilidad, pero especialmente del gobierno y de los sectores de poder, que han sido los grandes beneficiarios de ese progreso, muchos alcanzados a  costillas de un pueblo que sufre, porque no tiene protección.

Pero si algunos sectores de poder no actúan por intereses o porque tienen seguridad y bienestar,  el gobierno, que luce tener conciencia  de estos problemas que comprimen y atemorizan la sociedad, debe redoblar sus esfuerzos hasta lograr el entierro definitivo de estos lastres que preocupan y atemorizan gran parte de la población.