El derrumbe

El daño es grande. La responsabilidad de muchos. Empezó con la reforma constitucional del 2002 para permitir la reelección de un Presidente en ejercicio, con el beneplácito de “la reelección encarnada”, Joaquín Balaguer. Eso fracturó al partido más grande de entonces, con la marca histórica de antirreelecionismo: el PRD.
El PLD ganó cómodamente en el 2004, y en lo adelante, manipuló a mansalva esa división para retener y concentrar poder. Floreció una relación de “conchupancia” perversa, de corte florentino, que desvirtuaba la competición electoral por medio alianzas encubiertas y cruzadas.
Pero sin darse cuenta, o quizás sin importarles, el PLD y su liderato se vio penetrado por la misma infección facciosa, que tanto fomentaba en la oposición.
La reforma constitucional del 2010 dejó abierta unas brechas desestabilizadoras de todo el sistema político partidario.
Y después de ganar cinco elecciones consecutivas, la dirigencia del PLD hizo en el 2015 lo que nunca había hecho: se embarcó en la aventura continuista a cualquier precio.
El saldo de estragos ha sido impresionante: se golpeó la Constitución al rechazar someter la enmienda a referendo y emplear métodos muy censurables para aprobarla. Se desquició el precario orden partidario con el pacto “reelección por reelección”. Se impuso una estrategia de avasallamiento y entronización. Y finalmente, el afán de superar el 60% de los votos, para obtener “mi congreso” y gran poder concentrado, dinamitó la institucionalidad electoral.
El Presidente de la JCE no pudo exigir las cinco leyes que a su juicio eran necesarias para abrir paso a la reelección, ni usar los poderes constitucionales para garantizar elecciones justas y transparentes. Tampoco el Tribunal Constitucional pudo fallar el recurso de inconstitucionalidad presentado por la Fuerza Nacional Progresista.
Todo eso pudo evitarse, o por lo menos mitigarse, pero muchos de los sectores que hoy están preocupados con la institucionalidad y la gobernabilidad democrática, no asumieron posiciones de resistencia y equilibrio, de responsabilidad. Más bien, estaban complacidos, despreocupados, o dispuestos a subirse al carro triunfal.
¿Acaso querían esos resultados, para emerger como los actores decisivos, en condiciones de desplazar a la “oposición infuncional”? O simplemente, ¿no midieron las implicaciones de su impostura, y confiaron demasiado en las generosas ofertas del candidato reeleccionista?

Así las cosas, proyectando su sombra ominosa sobre esas realidades desoladoras, se siente cada vez con más fuerza la acción imperialista de potencias y organismos internacionales, con una agenda geopolítica muy definida: “resolver” la crisis de sus fracasos mayúsculos en Haití Estado Fallido, a expensas de la República Dominicana, con el concurso de sus frágiles y dóciles clases dirigentes. !Un crimen infame… facilitado por un derrumbe descomunal!