El descalabro total de Irak y sus verdaderos responsables

Leo Pérez Minaya

Cuando George W. Bush lanzó el 20 de marzo del 2003 la invasión de Irak, selló el futuro oscuro de esa desventurada nación. La calamidad infligida, no solo a ese país, sino a la región entera y posiblemente a la raza humana, es difícil de cuantificar.

Se han hecho muchos esfuerzos en evaluar los daños económicos causados por esa acción, como por ejemplo, el que hizo el laureado premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz y la profesora de Harvard Linda Bilmes – ambos estadounidenses – en su libro The Three Trillion Dollar War. El libro examina el costo total de la guerra – que resulta ser el título del libro – incluyendo los llamados costos escondidos y proyecta los gastos que habrá que incurrir en los próximos cincuenta años, por ejemplo, el mantenimiento y cuidado que habrá que dispensar a los soldados y civiles heridos.

Pero Stiglitz y Bilmes no son los únicos que han estudiado este asunto. Por ejemplo, para mí tiene gran valor la evaluación que hizo el Comité Conjunto Económico del Congreso de los Estados Unidos, que es una unidad no partidaria de la Oficina de Presupuesto del Congreso. Ellos concluyen que “ el costo de la guerra de Irak será a la larga de 3.5 trillones de dólares”. Y esa cifra es palabra mayor, pues es igual al presupuesto de los Estados Unidos de todo un año.

Pero si el daño es grande en función económica, el dolor humano infligido es inconmensurable: más de un millón de iraquíes muertos, dos millones desplazados en su propio país, más de dos millones enviados al exilio. Del lado de los Estados Unidos, más de cuatro mil soldados muertos, tres mil contratistas civiles sufrieron la misma suerte, y sin contar los heridos, que sobrepasan los cuarenta mil.

Todo ese disparate y genocidio cometido por Bush y sus asesores, estaba justificado, según ellos, por tres razones: la primera, que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva; la segunda, porque tenía lazos políticos y militares con Osama Bin Laden; y la tercera, que constituía una amenaza a la seguridad de la nación americana.

Todo resultó ser falso, como se ha probado hasta la saciedad. Saddam era un dictador sanguinario – gaseó hasta su propio pueblo – y un vil abusador. En compañía de sus dos delincuentes hijos (Uday y Qusay) era una retranca para la convivencia humana. Pero ellos nunca agredieron a los Estados Unidos. Esa es la pura verdad.

Traigo todo esto a colación, pues resulta ahora, que a pesar de que la intervención americana había terminado en diciembre del 2011, ahora aparecen unos insurgentes llamados “el Estado Islámico de Irak y el Levante” ( EIIL). El asunto es sumamente serio y complejo. Se trata de un grupo de sunitas tratando de tumbar al gobierno chiíta que dirige Nuri al Maliki. Es un grupo tan extremista que hasta Al Qaeda – el grupo más violento terrorista del mundo – lo descarta por su radicalidad. Así las cosas, estos nuevos bandoleros están tomando ciudad tras ciudad en Irak y amenazan ahora tomar Bagdad.

Todo esto da paso a que Washington y Teherán estén ahora hasta considerando unir esfuerzo para salir en rescate de Irak. O sea, lo nunca imaginable!!! Que los Ayatollas y Occidente se unan para rescatar los Chiítas que gobiernan a Irak.

Ahora más que nunca, recomiendo que se vea otra vez el documental “La Guerra sin Fin (2007)”, nominada en su tiempo para un Oscar como el mejor documental de esa época y ganador del premio especial del jurado en el festival de Sundance. (Se puede bajar en YouTube, bajo ese mismo nombre).

Se describe en el filme las decisiones tomadas por la Administración de Bush en torno a la invasión del 2003. En el documental se entrevista a personas de primer orden como Richard Armitage, entonces Vicesecretario de Estado, la Embajadora de los Estados Unidos en Bagdad Barbara Bodine, el entonces Jefe del Gabinete, General Colin Power y al General Jay Garner, donde se muestra claramente, la incompetencia, temeridad y deshonestidad de quienes estaban al mando.

El documental prueba los graves errores cometidos por el Gobierno al planear y ejecutar la invasión y como la arrogancia y la ignorancia, transformaron una supuesta fácil victoria en una guerra que parece no tener fin, como se está demostrando en estos momentos.

Estamos en presencia del desmoronamiento total del pueblo de Irak. Escribo esto, pues ahora los republicanos van a querer echarle el muerto al Presidente Obama. Él no tiene nada que ver con ese desatino y sus consecuencias. Es más, siendo Senador se opuso a esa aventura. Eso tiene un responsable, George W. Bush, el presidente menos talentoso que ha tenido la nación americana desde que se fundó la República. Ni más ni menos.