El desgaste de vivir

Federico  Henríquez Gratereaux

He oído decir que cuando a los esquimales se les gastan los dientes, eso indica que su vida ha llegado al final. Para sobrevivir en regiones cercanas al círculo polar ártico deben masticar continuamente trozos de piel de pescado y de otros animales, para confeccionar hilos y cordones; con ellos cosen las ropas que les protegen del frío y preparan los aperos de pesca con que consiguen sus alimentos esenciales. No tener dientes es lo mismo que estar incapacitado para trabajar. Entonces, el retiro es obligatorio. En esos casos, los hijos dejan al viejo expuesto sobre un témpano de hielo hasta que muere a la intemperie.

En los países subdesarrollados las familias conservan protegidos sus ancianos, aun cuando no puedan valerse por sí mismos. Aceptan esa carga económica y esa obligación moral, como algo inevitable y natural. A veces lo ven como un “acto humano de reciprocidad”. Esos viejos inútiles fueron un día sostén de los hijos que ahora les compran medicamentos y los sacan a tomar el sol en haraganes y mecedoras. A menudo, los afectos de los hijos dulcifican la decadencia de los padres; y al revés, los hijos sienten que es un deber atender a los viejos para que mueran en sus camas, con dignidad y ceremonias religiosas.

En países ricos e industrializados no es así; los viejos van a parar a asilos, donde mueren solos, abandonados por hermanos e hijos. Esos albergues de ancianos son instituciones frías, impersonales y tristes, verdaderas “antecámaras del sepulcro”. Las exigencias laborales de los países ricos han hecho disminuir el tamaño de las familias; e impiden que los ancianos sean “atendidos” en las casas de sus propios hijos. No sólo es muy costoso; además, esos hijos pasan todo el día fuera del hogar.

Podrían muy bien encontrar a sus padres muertos al regresar del trabajo. Los profesionales que han tenido una carrera exitosa logran financiar “su paso” a una “residencia de ancianos”, dotada de comodidades propias de hoteles de varias estrellas. Allí disponen de TV, cine, servicios médicos de emergencia; vegetan en convivencia asistida por psicólogos. Son unos pocos privilegiados; los demás tienen que seguir el modelo de los esquimales. ¡Los viejos viven demasiado, según el FMI!