El desorden mundial

Ya casi nadie se acuerda de aquel “Nuevo Orden Internacional” del que se empezó a hablar por los años setenta y ochenta del pasado siglo. Las razones son varias, pero, esencialmente, se concentran en dos aspectos interrelacionados: por un lado, ese “orden” que se creyó, o se pretendía, ver no existe más – si es que realmente existió -, y, por otro lado, el “orden”, real o no, generó el desorden. La “aldea global” de que nos hablaron en los noventa para proyectar la “globalización” enmarcada en un mundo liberal donde prevalecería una única forma de democracia, con la economía liberal a ultranza – no importa con qué consecuencias sociales – y la protección de los derechos humanos se esfumó, o mejor, se fragmentó.

La pretensión de trasladar mecánicamente y de golpe formas de democracia exógenas a algunas zonas no solo no ha prosperado, sino que ha puesto en peligro la misma existencia de estados bajo la sombrilla de caricaturas de democracia. La economía liberal – el neoliberalismo – sustentado en preceptos conceptuales a ultranza y al margen del objetivo social que debe perseguir una economía, devino en “capitalismo salvaje” y su fracaso, por mucho que alguno en el Cono Sur latinoamericano crea que lo puede revivir en un país en el que precisamente explotó hace 15 años.

Los conflictos nos arropan e impactan, no importa cual lejanos se encuentren de nosotros; si algo se ha globalizado realmente es la economía. Los efectos de una crisis se extienden y desparraman. Vivimos con angustia las tensiones en Palestina, Ucrania, África, Irak, Siria, Libia. En ninguno de ellos se visualiza una paz real ni la estabilidad.

Seguimos teniendo tanto Estados desordenados como Estados e instituciones que desordenan. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se diseñó la arquitectura de un orden político mundial – centrado en la ONU y sus agencias – que garantizase la paz que, ciertamente ha sido útil pero no siempre eficiente. La razón fundamental ha sido el quebranto reiterado de ese “orden” por quienes debieran garantizarlo. Si no se logra que la comunidad internacional en pleno se atenga a normas válidas para todos y comprometidos con ellas, no por la vía de los cañones sino del consenso y el respeto incondicional de las mismas, nos veremos cada vez más sumidos en la anarquía y la consecuente pérdida de vidas y recursos. En su último libro Henry Kissinger advierte que el “caos” amenaza el orden internacional. Ese caos y amenazas vienen de la mano con la irrupción de nuevos y más conflictos, el peligro de la proliferación de armas de destrucción masiva, crisis ambiental, ciberataques y el continuo desorden y progresiva desigualdad que genera la economía.

Con potencias antiguas y emergentes, buscando unas mantener, o recuperar, sus áreas de influencia y otras crear sus propias esferas de influencia en un mundo reordenado, estamos presenciando un proceso en el que la “globalización” se regionaliza y la “aldea global” se va convirtiendo en un sistema de pequeñas aldeas.